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Irene Villavicencio, caficultora: "Marcas como Nestlé tienen la obligación global de hacer más"

Entrevistamos a esta joven salvadoreña que forma parte de la quinta generación de caficultores de la familia Villavicencio y ha llevado la marca MAV Coffee a lo más alto con su exquisito café de especialidad

Teo Camino

La caficultora Irene Villavicencio con las manos en una bolsa de café / CEDIDA

Como los invitados que acuden al programa La Revuelta de David Broncano, Irene Villavicencio se presenta en la redacción de Consumidor Global con un regalo bajo el brazo. “Te he traído unas pulseras y unos pendientes que hacemos con café en El Salvador, dentro de un proyecto con mujeres”. “Son preciosas. Muchas gracias”.

Conocí a Irene Villavicencio en octubre de 2024 durante la presentación del libro De la finca a la taza, escrito por Yassir Raïs, fundador de la cadena de cafeterías Syra Coffee. Y quedé impresionado por su vasto conocimiento de la industria cafetera. No en vano, ella es catadora y miembro de la quinta generación de caficultores de la familia Villavicencio, que comercializa el exquisito café de sus fincas en El Salvador bajo la marca MAV Coffee. Ahora, por fin, la entrevisto.

--El vínculo familiar con la producción de café se remonta a 1890…

--La primera base de nuestra caficultura se estableció en 1890 cuando Luis Alfaro Duran adquiere ciertos lotes en Sonsonate. A raíz de eso, él se involucra bastante en la caficultura en la finca San Antonio 1890, que se volvió el centro de producción de lo que luego pasó a tener siete fincas. 

--¿Fue un inicio meteórico?

--En aquel momento se vivía muy bien del café. La producción del café era algo que nutría tanto a las comunidades como a los salvadoreños. Teníamos dos productos muy fuertes: el azúcar y el café, por lo que siempre fue algo viable. Fue un negocio muy fructuoso. Antes de empezar la familia con el café, había muchas leyendas y se especulaba con que nuestros ancestros tenían flujo de café con la Corona de Holanda y con Europa. 

--Y una caída también muy abrupta.

--Nosotros somos la quinta generación caficultura, pero somos la primera que ha retomado la producción de café. 

--Debido a los conflictos armados.

--El Salvador pasó por veinte años de Guerra Civil que distrajo la caficultura y a los jornaleros y nos peleamos entre hermanos en el campo y en las ciudades. Era imposible sacar una cosecha en un país con tanta necesidad y se terminó la época de oro. 

--¿Y qué pasó con las tierras y las fincas?

--Muchos preservaron la tierra, pero hay generaciones que murieron y se perdió la constancia, la prosperidad y lo beneficioso de la caficultura. Nuestros abuelos y tatarabuelos heredaron esta finca y la mantuvieron, la mantuvieron extrayendo el café que podían y se vendía localmente.

--Hasta que llegó la guerra con las pandillas.

--Pasamos de una Guerra Civil a una guerra socioeconómica que derivó a las Maras y a las pandillas salvadoreñas, que son hijos directos del conflicto bélico que se vivió tras años, del éxodo de la mano de obra que regresaba y ya no encontró trabajo. Se tiraron a la delincuencia y crearon bandos que luchaban por territorio. Se volvieron altamente conflictivos al punto en el que tener tierras y fincas y sacarle lo poquito se volvió un peligro. Ahí empezamos a ver el éxodo de fincas, que se urbanizaban para evitar el peligro. Vendimos y se acabó el problema. Tener fincas era un problema de extorsión. Y esto pasó en mi familia. 

--Todo esto se juntó con la roya del café, la crisis económica mundial…

--En 2008, a todo esto hay que agregarle que tenemos la roya viniendo de Brasil y la recesión de Estados Unidos. Se volvió un momento muy determinante en el que mi familia, al igual que muchos salvadoreños, cruzamos la encrucijada y vendemos las fincas. ¿Qué vamos a hacer con los cafetales llenos de roya, un hongo altamente contaminante que hizo un desastre en las plantaciones? Nos vimos obligados a dejar la agricultura o resembrar la finca con varietales que pudieran resistir a la roya, como Sarchimor Blend

--Pero su padre apostó por la tierra, las fincas y el café, ¿no?

--Mi padre empezó de cero. A los 50 años, mi padre, que era empresario y no es agrónomo, decide que le es más viable preservar la finca San Antonio 1890 a través de la caficultura, mediante alguien que maneje los cafetales. Esto ocurre en 2010.

--Y conoció a Don Julio, el capataz.

--Se enamoró de Don Julio, un agrónomo y biólogo, y metió a mi hermano a salvar las fincas. Mi padre era muy historiador y se dio cuenta, en los archivos de exportaciones, de los precios en los que se vendía a Europa. Él sí creyó. Y encontró a Don Julio.

--El primer proyecto conjunto fue Valle de Oro.

--Valle de Oro, cerca de San Antonio, era un proyecto tecnológicamente avanzado en el que se trabajaba la variedad Marsellesa para los suelos y aguantar la roya. Se trabajaron diferentes productos. El Salvador generó el Cuscatlecos y cada país generó otras varietales. Mi padre quedó fascinado, pero Don Julio le cuenta que esta finca, la de Valle de Oro, se va a urbanizar.

--Y su padre se la quedó.

--La compra como inversión para Miguel, mi hermano. Al ver Valle de Oro, mi padre entendió el futuro de la caficultura, que funcionaba como una fábrica, y la finca ya venía con producción. 

--Dando un giro radical a su vida.

--Nadie cree en la caficultura en El Salvador porque significa estar muy cerca del campo. Era un momento de incertidumbre y en Valle de Oro empezó, como yo lo digo, la loquera final. Aquí se consagró.

--Y empezaron a viajar en busca de las mejores semillas.

--Viajaron a Costa Rica y Colombia para replantar finca San Antonio con las semillas Sarchimor Blend, la semilla ideal. También llegaron a Panamá y contactaron con Don Serracín, el redescubridor del Geisha, para hablar con él y aprender cómo funcionaba a nivel de suelos. Se hicieron amigos y Don Serracín le vendió las semillas a mi papá con la condición de que las llevara a El Salvador y encontrara un suelo similar a Boquete Panamá.

--¿Cómo es el día a día en una finca cafetera?

--Los cafetales están trabajados por mujeres porque en El Salvador no hay trabajo de hombres por el tema de los Mara y el éxodo a Estados Unidos. 

--Ellas hacen uno de los mejores cafés del mundo en vuestra finca La Pacaya, de donde sale el Geisha.

--Es una tierra muy especial. Don Julio y mi padre vieron que la altura era muy importante y encontraron este bosque nativo en Cerro de las Ranas. Está a 1.800 metros y tiene un bosque de agua y un bosque de roble ancestral. Cuando germinamos el Geisha, allá por 2014, se empezaron a plantar los primeros Kenias, Maragogipe y otras semillas muy locas que tenía Don Julio, como el Bourbon Ancestral salvadoreño. 

--Y el Geisha echa raíces.

--Claro. Este árbol tarda unos cuatro años para darte una buena cosecha, y en altura todavía más. Don Julio plantó pensando en tasa de excelencia, pero lo sabotearon. Algunos catadores no habían probado jamás un Geisha en 2018. Entonces, decidimos compartir la semilla Geisha con otros caficultores. Se la vendemos para competir con la misma semilla y darla a conocer a El Salvador. 

--Poco después usted se unió a MAV Coffee y se recogieron los éxitos sembrados años atrás.

--Yo entro en 2020 y todos nos dijeron que el café Geisha era defectuoso en El Salvador, pero un catador amigo lo cata y dice que es excelente. En 2020 se hace tasa de excelencia y ganamos el cuarto lugar con Geisha. Fue un boom, y este 2025 culmina el camino con el primer premio. 

--¿Cómo puso el nombre de MAV Coffee en el mapa?

--Cuando entré, empecé a puerta fría. Me certifiqué como catadora, fui al London Coffee Festival y al World of Coffee. No éramos nadie, pero fue una sorpresa la cantidad de gente que sabía de nuestro café. Entendí que había intermediarios en Europa y mi vida cambió en ese instante. 

--¿Conoció a los que serían sus distribuidores en Europa?

--Conocí a un salvadoreño que trabajaba con Belco, la empresa francesa que importa café de especialidad. Poco a poco descubrí el mundo de la catación. Descubrí la importancia de las marcas para los humanos. Y Belco se interesa en adquirir nuestro café. Llegaron de Francia a ver si verídicamente trabajamos sin pesticidas. Fue una conexión transatlántica entre origen y Europa.

--El despegue.

--Empezamos una alianza y seguí buscando conexiones con cafeterías.

--¿Cuándo aparece Syra Coffee en su vida?

--Los conocí en 2021. Iba a sus cafeterías y observaba. Iba al Syra de paseo de Gràcia y me encantaba el café. Hasta que un día les llevé las muestras, aunque habían pasado por ahí cientos de farmers a dejar sus muestras. 

El local de Syra Coffee en la calle Siracusa de Gràcia, el primero de la cadena / CEDIDA

--¿Qué le dijeron?

--Me dieron una respuesta genérica y luego nadie escribió. 

--¿Y unas semanas después?

--Nada, nada, nada. 

--Hay que perseverar.

--Sí, insistir y persistir hasta que, meses después, me dicen que cataron las muestras y que todos los cafés son excelentes y que hablásemos. Así que nos reunimos y les invito a El Salvador.

--¿Fueron?

--Pagaron el boleto y les recibí como si fueran familiares. MAV Coffee no amortizaba la inversión de mi padre en las fincas y era muy importante llegar a un mercado fuera. Y fue un viaje muy hermoso.

--¿Firmaron?

--Se enamoraron. Vamos de la mano con Syra Coffee. Es un cliente muy genuino. No hablamos de vender café, pero les enseñamos la finca, cataron todos los productos y se enamoraron del Valle de Oro. Ese año se nos abrieron las puertas del cielo. 

--Belco y Syra Coffee son palabras mayores. 

--Nos consagramos como exportadores y sacamos dos contenedores, uno para Belco y otro para Syra. Esa fue mi primera venta y un experimento enorme. No sabíamos lo hermoso que estaba por venir.

--¿El consumidor sabe lo que implica el café de especialidad?

--Sí y no. El café de especialidad, más allá de ser una bebida rica, es una bebida con conciencia, que tiene una historia muy gruesa detrás. La gente, cuando llega a Syra y ve la bolsita de Valle de Oro, se está tomando una historia, un café educado, con sentido. El café de especialidad ha cambiado la industria. Cada vez la brecha entre origen y tostador es más corta. MAV Coffee es un ejemplo de ello.

--Cuénteme.

--Nuestro trabajo va de la cosecha del primer grano hasta que el tostador vende la última bolsa. Vendemos un producto ético, y el consumidor cada vez está más educado en este sentido y sabe que paga más por un producto premium. Sabe que conlleva que se paguen buenos salarios a los trabajadores. El café de especialidad lo veo muy cercano al vino. Tiene que ser tomado como una copa de vino, con toda la trayectoria que lleva detrás. 

--¿Café ético frente al comercial, el del supermercado, que no lo es?

--Pero es barato y lo has estado tomando todos los días. Hay un café comercial que tiene un largo camino por recorrer para alcanzar una trazabilidad equitativa. La triste realidad es que el café está escaseando. El año pasado perdimos una finca entera. Es inestable el negocio. Todos deberíamos estudiar lo que hace la subasta Best of Panama para darle al café el valor que se merece. Están vendiendo un kilo de café a 30.000 dólares, en el caso de Finca Esmeralda. Un kilo de Geisha se vende a 100 dólares. 

--¿El café de Nestlé también es sostenible?

--Desgraciadamente, el marketing de lo sostenible ha hecho difícil definir qué es un buen café o qué café es responsable. 

--¿Cómo podemos distinguir un café sostenible de otro que no lo es?

--La mejor manera de distinguirlo es el precio. La trazabilidad nos dice de dónde viene el café y los honorarios que se pagan a los trabajadores. Cuando encontremos cafés que son muy económicos deberíamos preguntarnos: ‘¿Por qué será?’. Marcas como Nestlé siento que tienen la obligación global de hacer más. El tema de las cápsulas… Hemos visto a las marcas grandes haciendo un intento por mejorar los salarios. 

--¿Un intento fallido?

--Un intento fallido. Lo importante es el origen. Si queremos encontrar un buen café tenemos que mirar cuánto se paga en origen.