A las cinco de la tarde del 15 de julio, numerosas personas entran y salen de la tienda Adidas situada en paseo de Gràcia, Barcelona. El día antes, España doblegó a Francia para asegurarse un lugar en la final del Mundial, y eso se nota en los semblantes de los transeúntes. Al acceder, hay murmullos que reclaman a los dependientes una parte del triunfo de la Selección: "¿Queda la blanca?", "¿Tenéis la de Lamine?".
Entre el flujo de compradores caminan un padre y su hijo, de unos siete u ocho años. El niño apenas aparta la mirada de las camisetas. Recorre las perchas con impaciencia. "No hay, Juanito. De tu talla no encuentro nada", lamenta el progenitor.
A las puertas de la final
Desde Consumidor Global, nos acercamos a ambos y preguntamos. "Sí, es la primera camiseta que compro para este Mundial", responde el padre.
"La compro justo ahora, antes de la final, porque el niño tiene una euforia tremenda", comenta mientras acaricia la cabellera del pequeño. "A mí, personalmente, me gusta más la segunda equipación, que es más discreta; la roja me parece demasiado chillona. Pero es para mi hijo, y contra la ilusión de un chaval de su edad y una final de un Mundial a las puertas, es difícil competir", resalta.
"Todo suma. Si España se hubiera quedado en las fases elimantorias, no me hubiera planteado comprar nada", admite con una sonrisa, mientras su hijo se refugia tímidamente tras él, aferrado a su pierna derecha.
La camiseta blanca está agotada
En medio del tumulto sobresale una voz. Es la de Kadiatou Diakite Hann, aunque nadie la llama así. Para sus compañeros es simplemente Kadi. Es dependienta de Adidas, pero en lugar de uniforme, hoy viste la primera equipación roja de la Selección española. Con ojos atentos, responde a las preguntas de este medio mientras atiende a los compradores.
"Es una locura, vendemos unas 50 camisetas por hora", confiesa Kadi. "Siempre que hay días de partido, la gente compra en masa. Pero cuando se gana... Es una locura. De la segunda equipación, la blanca, ya no queda nada. Solo tallas de la 2XL para arriba, porque de esa nos llegó menos stock", desvela.
Los datos, según los empleados de Adidas
Para entender la magnitud del fenómeno, basta con escuchar las cifras que manejan los empleados de este céntrico establecimiento barcelonés. Solo durante la jornada del partido frente a Francia, la tienda vendió alrededor de 300 camisetas de la primera equipación, la clásica roja, y otras 100 de la segunda, aproximadamente. Estas últimas fueron las primeras en agotarse.
La demanda no solo se concentra en la compra de la prenda, sino también en su personalización. Quienes desean llevar el nombre del futbolista del momento deben armarse de paciencia. "En la zona de personalización se acumulan los pedidos para imprimir nombres y dorsales. Hay tres horas de espera para estampar una camiseta", cuenta Kadi. La mayoría pide lo mismo: 'Lamine Yamal'".
"La tienda estuvo llenísima"
Durante todo el día del partido, "la tienda estuvo llenísima, a reventar, hasta las ocho de la tarde. A esa hora, de golpe, se vació por completo. Todo el mundo salió a buscar un televisor", recuerda Kadi.
Kadi se ajusta la camiseta roja y vuelve a mirar hacia la entrada, donde hay un flujo constante de compradores. El niño de siete u ocho años y su padre desaparecen entre la multitud. Mañana, otros ocuparán su lugar. Así discurre el tiempo hasta la ansiada final, donde la gloria de una nación se teje y se vende.
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