El sol vespertino se filtra a través del escaparate de esta planta baja que se asoma tímidamente, en silencio, a la calle Eduardo Conde del barrio de Sarrià, en Barcelona. Es un local sin nombre, repleto de cajas negras y carátulas de discos que colorean las paredes blancas. No tiene aspecto de tienda.
Al abrir la puerta, sale la música. Es una canción de jazz africano, de ritmo monótono, de otra época, que invade el espacio. En la pared de la derecha, junto a la entrada, los difuntos y octogenarios Lou Reed, Eric Clapton y The Rolling Stones contemplan la escena. Al fondo, Augusto Costa ordena un mar de vinilos.
8mm Records Bcn
Augusto tiene un tono de voz y una cadencia que recuerdan a los del humorista Eugenio, y narra con pasión de melómano las historias olvidadas detrás de cada disco, también la suya y la de 8mm Records Bcn.
“Después de visitar las veintiséis tiendas de discos que hay en Barcelona, vi que los empleados no hablaban de música con los clientes. En ese momento, hablé con Luca, mi socio, y le dije: ‘En Barcelona no hay ningún sitio como el que tenemos en Oporto al que la gente vaya a sentarse, escuchar, discutir, descubrir y compartir música’. Y entonces decidimos abrir 8mm Records Bcn en mayo del año pasado”.
El salón de Augusto Costa
8mm Records se inspira en los jazz kissa, los pequeños locales japoneses, especializados en la reproducción de discos de jazz, que surgieron en los felices años veinte y aún perduran. La gente acude a ellos para escuchar vinilos, beber, hablar de música y, por último, comprar algún disco.
El prescriptor de vinilos
En la pared, un disco de Pink Floyd descansa al lado de uno de Nirvana. En una misma caja, puedes encontrar un vinilo de Mulatu Astatke, conocido por la banda sonora de la película Flores rotas, de Jim Jarmush, junto a un álbum de Fela Kuti y otro de jazz japonés.
“Como escucho de todo, tengo una selección de 2.000 discos muy variopinta. Hay piezas que seguramente no encontrarás en otras tiendas de Barcelona porque ya no se venden. La gente viene, busca en las cajas y yo les pongo el disco en Spotify. También les muestro lo que acaba de llegar y pregunto por sus gustos, por lo que escuchan. Me dicen dos o tres grupos, les voy sacando discos y les digo: ‘Mira, ¿conoces este? Vamos a escucharlo, que te gustará’”, explica Augusto.
Los vinilos olvidados
De primeras, la gente se va directa a por lo conocido, a por Coltrane y Miles Davis, por ejemplo, pero “si les pones a los Hermanos Gutiérrez y a Ryo Fukui, también se venden mucho. Solo los tienes que enseñar”. Lo mismo sucede con Kraftwerk, un grupo alemán de los inicios de la electrónica, y The Prodigy. Con Plantasia -música para plantas- y con Music for Airports, de Brian Eno.
“Lo más bonito es esto, encontrar a la persona y hacer un viaje con ella hasta llegar a vender ese disco que no había manera de vender porque estaba olvidado en un rincón y no habías dado con la persona adecuada”.
“Vender discos de Rosalía no es divertido”
El último álbum de Rosalía se lanzó en noviembre de 2025. Cuando salió, “la gente que pasaba por aquí asomaba la cabeza y me preguntaba si tenía Lux. Al decirles que no, algunos se marchaban y otros incluso se enfadaban y me decían: ‘¿Por qué no lo tienes?’. A ver, el disco es bueno, pero tampoco es de lo mejor de 2025”. Al final, Augusto no tuvo más remedio que incluir Lux en su tienda.
“Cuando me lo pidieron por décima vez, lo traje. Al final, el gusto de los vecinos, como no puede ser de otra manera, se acaba imponiendo. Porque mi trabajo es recomendar discos, pero también descubro muchos escuchando los consejos de los clientes. Aunque vender discos de Rosalía no es divertido. Simplemente, lo pones en la pared y esperas a que la gente lo compre, porque se vende solo”.
Música al margen del algoritmo
En 2026, entre 430 y 450 millones de personas escuchan música de forma gratuita y con anuncios intercalados en Spotify. En contraposición, los clientes que acuden a 8mm Records invierten alrededor de 30 euros por disco y más de una hora de su tiempo en cada visita.
“La gente escucha música de forma pasiva en Spotify, pero “si no tienes inputs externos, el algoritmo te come. Los inputs son los otros. La interacción humana. Los clientes vienen aquí para hacer un viaje juntos. El domingo pasado, por ejemplo, bajaron unos vecinos del edificio con discos de música española de los setenta y pasamos dos horas maravillosas en las que descubrí cosas como Los Brincos y Pau Riba. Al final, estamos aquí para eso, para que la gente venga y me enseñe y que yo pueda mostrarles lo que escucho. Esa es la verdadera riqueza”. El deseo de lo ajeno, el deseo de los otros.