Entre las callejuelas del barrio Gótico de Barcelona, donde el bullicio turístico marca el ritmo de cada esquina, hay un restaurante que invita a detenerse y a bajar la intensidad de la ciudad. Se llama Finorri y su propuesta gastronómica hace honor a su propio nombre: finura en el plato, cuidado en el producto y técnica en cada elaboración.
Ubicado en el número 23 de la calle de la Boquería, este restaurante apuesta por una cocina de raíz tradicional con guiños contemporáneos. El resultado es una experiencia que combina sabores reconocibles con presentaciones elegantes y una ejecución milimétrica que convierte cada bocado en una pequeña explosión de sabor.
Un refugio en el centro de la ciudad
El interior de Finorri contrasta con el ritmo frenético del centro histórico. Manteles en las mesas, sofás que invitan a alargar la sobremesa y camareros con chaquetilla crean un ambiente pausado y elegante, más cercano al de un restaurante clásico que al de los locales apresurados que abundan en la zona.
Desde el comedor se puede observar además la cocina abierta, un espacio de estética industrial donde el equipo trabaja con precisión bajo la dirección del chef Josep Nicolau, uno de los fundadores del restaurante junto a Santiago Rama. En los fogones le acompañan Albert Soteras y Marc Vitega. Soteras, por ejemplo, ha pasado por casas tan reconocidas como 7 Portes, además de restaurantes en Lausanne y Poitiers o el mítico Neichel. La carta de vinos corre a cargo del sumiller Rubén Pol, antiguo responsable de bodega del triestrellado Disfrutar.
Tapas reconocibles con un toque propio
La propuesta gastronómica se mueve en el terreno de la cocina tradicional reinterpretada. Sabores conocidos, recetas que remiten a la memoria culinaria local, pero con un toque contemporáneo tanto en la presentación como en pequeños detalles de técnica. La experiencia comienza con un clásico del aperitivo como la gilda. Aquí aparece con un matiz distinto: la piparra ha pasado previamente por el Josper, lo que introduce un ligero toque ahumado que cambia por completo el bocado.
La croqueta de rustido es otro de esos platos que hablan por sí solos: cremosa, intensa y profundamente carnosa. Los buñuelos de bacalao con romesco y puré de ajo continúan la línea de sabores potentes, mientras que la mini bomba -inspirada en una de las tapas más emblemáticas de la Barceloneta- se presenta elaborada con butifarra del perol, alioli y tomate picante.
Mar y montaña con sello propio
Entre los platos principales, el pez limón con papada y huevas de salmón ofrece una combinación atrevida que funciona sorprendentemente bien. La untuosidad de la papada se equilibra con la frescura del pescado y el punto salino de las huevas.
También destaca la brocheta de pollo de corral sobre gambas con salsa de mar y montaña, una interpretación elegante de una de las combinaciones más arraigadas de la cocina catalana. El plato se acompaña con piel de pollo frita, que aporta un toque crujiente ideal para contrastar con la intensidad de la salsa.
Mención aparte merece la gamba servida con una salsa elaborada a partir de sus propias cabezas. Una forma tan refinada como eficaz de concentrar todo su sabor y disfrutarlo sin necesidad de ensuciarse las manos.
Un final fresco y sorprendente
El cierre llega con un postre ligero y aromático: merengue acompañado de brunoise de pepino, helado de yogur con lima y un polvo helado de hierbas aromáticas.
Un final fresco que equilibra dulzor y acidez y que, como el resto del menú, mantiene ese hilo conductor que define la propuesta de Finorri: reinterpretar la tradición con elegancia, técnica y una clara vocación por el detalle.