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Àngel Bofarull, uno de los mejores collagistas de España: "He robado objetos maravillosos en iglesias"

El artista catalán habla de su obra, más dadaísta que surrealista, de los lugares donde encuentra los objetos con los que crea su arte y de las carencias de las exposiciones del Macba

Teo Camino

El artista Àngel Bofarull en el paseo de Sant Joan de Barcelona / TEO CAMINO

Se presenta puntual. Acompañado de un lebrel grisáceo brillante. Viste camisa de rayas, arremangada, bermudas y alpargatas a lo marinière. Es tan esbelto como un galgo y fuma abundantemente -sus dedos lo delatan-. Todo muy picassiano. 

Para los que todavía no lo conozcan, es Àngel Bofarull (Barcelona, 1957), uno de los mejores collagistas de nuestro país. En 1992, la Whitechapel Gallery de Londres expuso una de sus cajas junto a obras de Duchamp, Man Ray, Schwitters y Picabia. Ahora, un joven galerista francés que conserva el catálogo de dicha exposición, se ha puesto en contacto con él para exponer The red box en la Galerie Boquet, entre el d’Orsay y el Louvre. Nos tomamos una Coca-Cola con mucho hielo con él y su lebrel.

--¿Cuál fue la primera obra de arte que vio?

--La Primera Comunión de Picasso, con 11 años. 

--¿Por qué recuerda la 'Primera Comunión' de Picasso y no otra?

--Era una pintura que yo, a esa edad, no sabía que era de premio oficial, y me fascinó. También me gustó mucho la serie de Las Meninas. Era la primera vez que veía algo parecido, porque venía de una familia de derechas, muy católica, sin ningún interés por la cultura ni por el arte. 

--En 1973, durante su adolescencia, se mudó a Estados Unidos, estuvo en una escuela Montessori y descubrió el MoMA de Nueva York…

--El Guernica… Estaba en Connecticut e iba a menudo a Nueva York porque tenía un familiar en Manhattan. Lo recuerdo como si fuera una película. Nueva York siempre ha sido distinto, pero en aquella época era la guerra de Vietnam. A mí me pilló una manifestación con Joan Báez, en Washington, contra la guerra de Vietnam. En el colegio se hablaba de la guerra de Vietnam. Sobre todo, se comentaba que, como ya estaba a punto de acabar, prácticamente solo enviaban a gente negra. 

--Después de esa estancia, regresa a Barcelona, estudia Historia del Arte y, desde el primer momento, se decanta por el collage.

--Ser historiador de arte, cuando de verdad es una vocación, es como el sacerdocio, con voto de pobreza incluido. Es algo que no dejas. En el 76, los estudiantes de Historia del Arte íbamos a todas las exposiciones de todas las galerías de Consell de Cent. 

--Muchas han cerrado.

--Ha desaparecido todo… Pero, en aquel entonces, pasaba mucho por la Galería Ciento, y conocí a Marisa Díez de la Fuente (conocida como Marisa Ciento). Yo escribía poesía, porque al final de los setenta escribir poesía era bastante más común que hoy en día. Estaban Àlex Susana y Perejaume, que eran poetas magníficos. Se hablaba de poesía, se escribía poesía y se tomaba muy en serio la poesía. Porque, además, con el final del franquismo, cuando llega la libertad editorial, se hicieron grandes descubrimientos, como Salvat-Papasseit. Marisa sabía que yo escribía, y un día le enseñé una libreta.

--¿Qué había en esa librera?

--En esa libreta, además de poemas, había algún dibujo que otro. Y se fijó en los dibujos. A los pocos días, fui a Roma, y en Roma vi la exposición de La femme 100 têtês, de Max Ernst. Al ver esos collage, aunque ya había visto cosas surrealistas, pensé: ‘Bueno, como voy a los Encantes y a librerías de viejo y tengo publicaciones antiguas, revistas y demás, empezaré con el collage’. 

El cazador, de Àngel Bofarull

--¿Cuándo descubrió el Mercado de los Encantes?

--A los Encantes aprendí a ir solo a los 12 años. A los Encantes de 1969. Recuerdo perfectamente la primera vez. Fue como un sueño. Porque claro, lo que Barcelona vomitaba en el año 69 no tiene nada que ver con lo que vomita hoy en día.

--¿Qué se podía encontrar por aquel entonces?

--Olía. La Exposición Universal de 1888 estaba en los Encantes. Podías encontrar ropa del siglo XIX a manta, muñecas, relojes de bolsillo, pero a docenas. Era como algo que hubieras soñado. Y, de repente, los personajes que había allí. Los comerciantes. Por sus manos habían pasado todo tipo de maravillas.

--Desde los años ochenta, el collage, los objetos, de los Encantes y de otros lugares, protagonizan su obra. Una obra que bebe del dadaísmo y del surrealismo. Una obra que incluye palabras, escritos de esa poesía de la que hablaba. 

--Sin rebelión no hay arte. Tiene que haber un sentimiento profundo, si no de rebelión, de inadaptación. Los poetas escriben maravillas cuando se sienten solos, cuando tienen un desengaño. Tienes a Cernuda, tienes poesía trágica. Ahora se habla de Lorca con esta estupidez de que es poesía queer ¡Ya está bien! 

El poeta Federico García Lorca / Foto de Archivo

--Tendemos a encasillarlo todo porque nos aporta una falsa sensación de seguridad.

--Un verano pasé toda una tarde con Pepín Bello. Pepín Bello, a sus 90 años, me contaba que a Federico lo último que le hubiera gustado es que le llamaran queer. Pero ¿qué pasa? Que estamos con una frivolización y un marketing de la cultura donde todo se diluye y todo se transforma en algo muy ligero. Si hoy en día preguntas a gente joven por García Lorca, te dicen: ‘Ah, sí, queer’. No, no, que se lean la correspondencia entre Lorca y Dalí. Que se lean la correspondencia de Lorca cuando está en Nueva York, en la Columbia University, con su familia. Que averigüen por qué los Rosales prácticamente lo traicionaron. Que sea queer o no es una estupidez, es lo de menos. La gente hoy en día tiene que entender que lo que cuenta es la obra, no la orientación sexual de una persona, que es algo mutante.

--Totalmente de acuerdo, pero nos estamos desviando del tema. Seré más concreto. Hay una obra suya, titulada ‘Langosta y perro’, que, al verla, me transporta al cuadro ‘El teléfono langosta’ de Dalí. 

--Como historiador de arte, tienes que pelearte muchas veces con el hecho de que la vida del artista no influya en tu juicio sobre su trabajo. Curiosamente, Salvador Dalí, y lo dice el especialista William Jeffett, es un gran artista hasta el año 33. Llega un momento en el que, cuando pienso en Dalí, pienso en Gala Éluard. ¡Fíjate! Porque es una mujer que muchísima gente detestaba, pero te preguntas: ‘¿Cómo tenía que ser esta rusa judía de Kazán?’. Como todas las judías rusas de Kazán con dotes adivinatorias y muy supersticiosa. ¿Qué debería de tener esta mujer para enredarse con Paul Éluard y Max Ernst a la vez? Un trío envidiable. ¿Qué debería de desprender esta mujer? Hace unos años, el museo de Dalí, que no me gusta nada, sacó un librito que encontraron escondido en los archivos. Está escrito por Gala y es una maravilla. Son sus recuerdos de niña en Moscú, en Rusia. Lees aquello y dices: ‘¡Qué pena que no continuara escribiendo!’.

--Pero continuó escribiendo...

--La autobiografía de Dalí, digan lo que digan, está escrita por Gala. Pepín Bello me dijo que Dalí, cuando iba a la residencia, era un inculto integral. Yo creo que la amistad con Federico García Lorca fue muy buena para los dos. Tienes la correspondencia, tienes los dibujos… Y entonces hay un envenenamiento por parte del homófobo de Luis Buñuel, que era tan machista que hacía comer a su mujer en la cocina. Buñuel metió toda la cizaña que pudo entre Lorca y Dalí, porque odiaba a Lorca. Y esto se sabe. Un chien andalou es Lorca. Lo que importa es que, cuando Dalí se va de los surrealistas, fue una salida gloriosa, porque lo expulsa Breton (André), que era un intolerante. 

Langosta y perro (2018)

--Hay mucha historia del arte en sus collage, pero también autobiografía. 

--A veces, se puede tener la impresión de que mi trabajo es nostálgico, y no lo es, porque la nostalgia no sirve para nada. Es para los estetas. Los estetas son todos unos hipócritas, y como prueba tienes a Proust. Pero, por suerte, en aquella época tienes a Zola, que sí describe lo espantosa que era la vida en París y en Francia en el siglo XIX. 

--Nada de nostalgia. 

--No, la mía es una manera de trabajar que quizás recrea una fantasía en cada pieza, pero no es nostalgia. 

--Creo que al lector le interesará saber de dónde proceden los objetos cotidianos que componen su obra.

--Salen muy pocos. Es como si tratas de encontrar a una persona extraordinaria. Además, no eres tú el que busca el objeto. Es el objeto el que te busca a ti. Tú puedes ver 100.000 objetos y, sin embargo, hay un objeto que te llama. Yo creo que hay objetos que tienen vida. Cuando veo un espejo, pienso: ‘Claro, este espejo ha visto tanto que tiene memoria’. Por eso los espejos nos inquietan tanto, sobre todo cuando se rompen. 

--¿Sigue yendo a los Encantes? 

--No. 

--¿Por qué no? 

--Porque, centrándome en la historia del arte, lo que busco, y me cuesta mucho de encontrar, son obras de los siglos XVIII, XIX y XX. En el collage, y yo pienso que mi trabajo es más dadaísta que surrealista, tienes que crear un contraste de imágenes. Con la pintura, con recortes, con reproducciones de cuadros del siglo XVIII y XIX, estás creando, por supuesto sin darte cuenta, pero estás creando metáforas que no tienen nada que ver con lo que era esa tela o esa obra al inicio. Es una manera de revisar la historia del arte y darle un sentido muy distinto. 

--¿De qué otros lugares obtiene esos objetos y reproducciones?

--En los cementerios de Francia hay maravillas. En Francia, los presos hacían coronas mortuorias con glass beads (cuentas de cristal). Y entonces les entregaban un armazón de alambre y tenían que ir poniendo todas las cuentas. Son unos objetos muy especiales. En Francia, en según qué tumbas abandonadas, he encontrado más de una corona mortuoria que luego he utilizado para alguna pieza. La muerte, de una manera o de otra, siempre la tenemos presente. 

--Pero en sus obras hay recuerdos de la masía familiar en la Plana d’Urgell (Lleida).  

--Eso es un paraíso perdido. 

--¿No hay ninguna obra en la que esté presente su infancia? 

--Espero que no. En mi trabajo, sin darme cuenta, viéndolo en perspectiva después de casi cuarenta años, la infancia está muy presente, pero no se debe a un recuerdo nostálgico, no, se debe a una incapacidad de salir de lo que es la infancia. El trabajo del artista tiene que ser un trabajo sin valor. Siempre acabas sacando la infancia, pero tú no te das cuenta, tú no eres consciente, tú no dices: ‘Ay mira, un muñequito’. No, no, no. Acaba saliendo porque también es una manera de evadirte del entorno en el que estamos ahora, con unos monstruos que dominan el mundo, que son criminales y corruptos. Incluso el mercado del arte se sumerge en este capitalismo cada vez más exagerado y radical. Es como un tumor maligno: siempre gana. 

Sin título (1991), de Àngel Bofarull / MACBA

--Ahora que habla del mercado del arte, he visto que el Macba adquirió dos obras suyas en 2024. 

--Debió de ser una equivocación porque el Macba odia el trabajo manual. El Macba es un museo que todavía cree en una especie de modernidad, tendenciosa, como si aún creyeran en el arte de vanguardia, cuando los últimos movimientos se dieron en los años ochenta con el expresionismo alemán o la transvanguardia italiana. Ellos tienen que seguir creyendo que existe una modernidad. Con lo cual, todo lo que cuelgan carece completamente de la huella humana. Cuando alguien me habla de video art, happenings y acciones interactuadas, cambio de conversación. El arte tiene que tener, sea más obvio o no, un sentido espiritual. Y hoy en día, por ejemplo, lo encuentras en Sean Scully y en Imi Knoebel. Por eso gustarán siempre. Sean Scully me comentó que había donado un cuadro enorme al Macba y que se estaba pudriendo en el sótano. Él mismo dijo literalmente: ‘They hate painting’. Nunca verás un cuadro pintado en el Macba. Ahí te planteas la manipulación del lobby poderoso que en un momento dado puede decidir lo que es bueno y lo que es malo, lo que es museístico y lo que no lo es. 

--¿Alguna vez ha soñado cuál será su última obra?

--No, el sueño más recurrente que tengo es que entro en un almacén muy grande, muy grande, lleno de cosas magníficas, y entro con un cesto y voy poniéndolo todo y me puedo llevar lo que quiera. Claro, no podemos decir que también he robado en iglesias. 

--¿Ha robado en iglesias?

--También he robado maravillas en iglesias perdidas de España, pero de eso hace ya muchos años.

Corazón y bebé, 2025

--¿Algo más que confesar?

--A mí lo que me gusta es la reclusión. Porque, cuando una realidad como esta, donde yo, desde luego, no me puedo adaptar, no me quiero adaptar, como decía Hugo Ball, ‘cuando las circunstancias se hacen excesivamente adversas, más vale retirarse a un lugar fuera del tiempo y contentarse únicamente con el trato con los muertos’.

--Nada más que añadir. ¿O sí?

--Me impresionó mucho más la ejecución de Puig Antich que la muerte de Franco.

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