¿Cuántas veces has sentido que vas por la vida con el modo automático? Con un mar de prejuicios y hábitos nocivos que has ido adquiriendo sin saber cómo. ¿Cuántos domingos te has jurado que cambiarás de vida? Y luego nada…
El último libro de Chema Vílchez, titulado El rescate del alma. Relatos para el despertar (Editorial Doce Calles), va justamente de eso. De recuperar lo que realmente somos y vivir de una manera más consciente. Hablamos con él.
--Guitarrista, profesor de yoga, escritor… ¿Con qué oficio se gana la vida?
--Sobre todo, como músico.
--Los libros no dan de comer hoy en día…
--No, para nada. Los libros los haces por la necesidad de transmitir, de contar cosas. En España, el mundo de los músicos, sobre todo para los que estamos fuera de lo más comercial, también es complicado. Al final, te acabas convirtiendo en un buscavidas. Tocas en España, tocas fuera. A veces te pagan más, otras menos. Y si te pones a escribir, no es como una nueva forma de ingresos, para nada, es por un simple deseo o necesidad. A mí las historias me vienen.
--La idea de ’Al rescate del alma. Relatos para el despertar’, su séptimo libro, he leído que surgió en un viaje a Madrid…
--Fue hace poco más de un año. Iba a Madrid para un ensayo, después de dos años centrado en la representación teatral del libro anterior, y pensé en eso y empezaron a aparecer historias. Tuve que dejar de tocar, surgieron más de cincuenta historias y me tiré dos meses escribiendo a destajo.
--“Percibo dos pandemias silenciosas: una de egocentrismo y otra de vacío interior”, dijo en una entrevista reciente. ¿Cómo lo solucionamos?
--Lo primero es darte cuenta. Una toma de consciencia desde dónde nos estamos viviendo. Ahora está de moda todo el tema de la inteligencia artificial (IA) y el miedo a que la IA desarrolle y tome conciencia. Y yo creo que el problema no está ahí. Sino en que nosotros estamos perdiendo nuestra conciencia de ser. Los que nos estamos automatizando somos los seres humanos.
--Totalmente. La dictadura de la pantalla manda.
--El problema es vivir desde el automatismo y perder la referencia sobre de qué va esto de la vida, de que vamos a morir. La muerte es un recordatorio muy claro sobre la brevedad de la vida, y debería organizar nuestra escala de valores. ¿Hago lo que me gusta? Esas pandemias silenciosas, ese nivel de ansiedad, estrés y depresión, yo las veo como algo que hay dentro de ti que te está gritando. Es el síntoma de algo más profundo. Algo dentro de ti que te está diciendo: ‘¡Que la vida no va por ahí!’. Colectivamente, no vamos por el camino correcto.
--¿Estamos dormidos? ¿Como anestesiados?
--Hasta el punto de estar al borde del abismo. Posiblemente, en 1945 lo tenían mucho peor. Pero ahora nos estamos asomando a un paisaje apocalíptico. Hace veinte años hubiese sido inimaginable tener unos dirigentes como los que tenemos hoy en día. Por el nivel de preparación y por ese histrionismo. Y no deja de ser una representación de hacia dónde vamos. Vamos como pollo sin cabeza. Dentro de ese automatismo en el que vivimos está otra pandemia, la del yo voy a lo mío. Las redes de vecinos y de amigos se han perdido. Ahora vivimos en comunidades de vecinos donde nadie conoce a nadie. Todo nos lleva a esa desconexión del otro, que es un camino directo hacia la enfermedad mental.
--Es una visión un tanto apocalíptica…
--Soy vehemente, lo sé, pero es que vivimos en un nivel de individualismo radical. Cuando estudiaba música en Los Ángeles, en los años noventa, veía una ciudad donde todo el mundo iba a lo suyo. Latía en el ambiente. Todo el mundo funcionaba por interés. Con esa energía que te lleva a conseguir algo. Y todo eso se ha evidenciado. También en la sociedad española. Ya no vemos al otro. Ya no miramos hacia fuera. Y el individualismo atroz al primero al que machaca es al propio yo. Es el camino directo a la infelicidad.
--¿La lectura de buena literatura puede ser una escapatoria a este vacío existencial?
--Desde luego. Todo lo que sea cultura, cultura con mayúsculas, ayuda muchísimo. Cultura entendida no como la industria del entretenimiento, porque desde los años setenta se ha producido una fagocitación por parte de la industria, que no me parece mal, pero la música llega un momento en el que es un producto, un producto que absorbe a esa gente que quiere crear para expresar un universo interno.
--En 2026 se imponen el reguetón, el ‘romantasy’ y ‘La isla de las tentaciones’…
--Al final, lo que hoy entendemos por cultura, el cine, los contenidos de televisión, la literatura, las series, son entretenimiento. Buscan la evasión. Pero todavía queda una cultura con un peso emocional y espiritual muy potente, aunque ya no forma parte del consumo de masas. En los años setenta todo el mundo escuchaba a los Beatles y a Jimi Hendrix, que eran músicos que querían cambiar el mundo con sus letras, gente que tenía un ideal detrás y triunfaba. Hoy este tipo de artistas son inexistentes. Hemos ido a la cultura de la evasión, y cuando hablamos de leer, no todo vale. Lo bueno es que la cultura ahora entra por muchos sitios. Internet es un manantial de cultura alucinante. Depende de con qué te conectas.
--“Los humanos nos han declarado la guerra —comenzó el grillo con un tono estridente—. Mi canto, que antes era música para las noches veraniegas, ahora les resulta molesto e intentan silenciarme con todo tipo de tóxicos. Ya no hay lugar en el que mis melodías no sean consideradas un ruido insoportable”, se puede leer en uno de sus relatos. ¿La sociedad actual vive de espaldas a la naturaleza?
--En general, sí. El urbanismo, tal y como está concebido en las grandes ciudades, tiende a convertirnos en máquinas de productividad del propio sistema. Y no quiero que suene a mensaje antisistema. El problema es vivir en cualquier sistema desde el egoísmo. El ámbito urbanístico, tal y como se ha creado, nos aleja de la naturaleza y del campo. La mera conexión con un bosque, con los árboles, con el campo, con los ríos, con el mar, nos lleva de una forma instintiva a otro estado de ánimo. Desde un punto de vista orgánico, el contacto con la naturaleza nos transforma, es terapéutico. Como dice el grillo, el tipo de vida que llevamos nos saca de la naturaleza.
--Las redes sociales tampoco ayudan…
--El problema no son las redes sociales ni los móviles. El problema es el uso que hacemos. Los avances tecnológicos nos podrían ayudar muchísimo. El acceso a tanta información es bestial, y el día que empecemos a aprovecharlo de verdad, porque ahora estamos distraídos con las tonterías, será espectacular. Lo que está fallando es una vivencia desde ciertos valores. Desde la Segunda Guerra Mundial, que fue una bofetada ética como especie, ese aprendizaje que quedó en el remanente filosófico se ha ido perdiendo.
--¿Se refiere a la sociedad del bienestar?
--La sociedad del bienestar genera monstruos. Ese acomodarnos ha hecho que perdamos la disciplina. Tienes que esforzarte por las cosas. Necesitamos volver a cultivar los valores de nuestras culturas milenarias. En esta sociedad amorfa, egocentrista y narcisista, el móvil y las redes sociales se convierten en algo monstruoso. Tenemos que recuperar la vivencia desde los valores, desde el pensar en el otro, desde el estudio, desde la disciplina, desde el cuidarnos.
--¿Con qué microrrelato de su libro se quedaría?
--"El profesor entendió que los terremotos eran la tierra sacudiéndose las fronteras que rasgaban su piel". Elijo este porque los seres humanos tendemos a la dualidad derecha-izquierda, masculino-femenino, globalización-nacionalismos. Y es verdad que hay lobbies sacando partido de la globalización, pero yo creo que hay un punto muy positivo en lo de la globalización, que es el sentirnos una familia humana. Porque otra cosa es inimaginable y porque es muy peligroso volver al concepto de la frontera, al yo y el otro, al nosotros y ellos. Esto tendría que superarse porque siempre ha creado grandes conflictos y guerras. La única frontera real es la de nuestra propia piel. Pero si desarrollamos una empatía con el otro, podemos romper esta pequeña frontera.
--¿Qué mensaje mandaría al niño que todos llevamos dentro?
--No perder la conexión con esa voz interior. En el niño es muy evidente. Si hacemos memoria, todos tenemos una voz interior que es la misma. La voz que te ha hablado desde dentro siempre es la misma. No perder esa conexión con la voz del alma. En el niño es muy ágil, tiene una comunicación muy sencilla. En ese sentido, es importante no perder la conexión con la voz de la intuición, que es la que te grita cuando te ve mal y te dice: ¡Basta! ¡Para!'. ¿Es así realmente como quieres vivir? Por eso el libro se titula El rescate del alma, porque se trata de recuperar lo que realmente eres, no ese disfraz de juicios, prejuicios, ideologías, hábitos nocivos… No, lo que realmente eres.