San Valentín sigue siendo una fecha clave para las floristerías en España. Solo esta celebración puede llegar a representar hasta el 15% de su facturación anual. Sin embargo, aunque tradicionalmente se ha asociado al regalo en pareja, el consumo de flores empieza a transformarse. Cada vez más personas compran ramos para sí mismas y buscan propuestas que combinen estética y sostenibilidad, alejándose de los arreglos estándar.
"La mayor parte del volumen de ventas se concentra en hitos puntuales como San Valentín o el Día de Todos los Santos", explica a Consumidor Global Lucía Somalo, profesora de OBS Business School. Pero los retos del sector van más allá de la estacionalidad. La presión logística, las exigencias medioambientales y los cambios en los hábitos de consumo obligan a los floristas a ser creativos y a diferenciar su oferta.
La rosa sigue siendo la reina, pero gana peso lo local
La rosa roja continúa dominando el mercado de San Valentín, con cerca del 70% de las ventas y un ticket medio de 35 euros por ramo. Variedades como Freedom o Explorer lideran la demanda, según datos de la Asociación Española de Floristas.
Aun así, el consumidor empieza a mirar más allá del color y la forma. "Se está revalorizando una flor que parece casi arrancada del campo. Cuanto más natural y silvestre, más triunfa", señala Somalo. Crece así el interés por ramos locales y menos estandarizados, una tendencia que permite reducir la huella ecológica derivada del transporte.
Más compra presencial y embalajes responsables
La preocupación por la sostenibilidad no se limita a las flores. Olga Zarzuela, presidenta de la Asociación Española de Floristas, destaca que "en estas fechas al cliente le importa mucho el producto, pero también el envoltorio. A muchos les interesa que sea natural o elaborado con materiales reciclables y sostenibles".
Además, el hecho de que este año San Valentín caiga en sábado ha reforzado la compra presencial, que representa alrededor del 75% del total, frente al 25% de las ventas online. Un dato que confirma que, en fechas señaladas, los consumidores siguen apostando por la cercanía y la confianza de la floristería de barrio.
Los retos ecológicos del sector
Gran parte de la producción floral que se consume en España procede de países como Colombia, lo que implica transporte especializado, altos costes y un uso intensivo de pesticidas. "La logística de enviarlo, sabiendo que se cultivan en zonas muy concretas y se distribuyen a todo el mundo, hace que sea muy complicado mantener un modelo realmente sostenible", advierte Somalo.
En este contexto, la inteligencia artificial empieza a perfilarse como una aliada para optimizar la cadena de suministro y reducir el desperdicio. "Hay muchas flores que llegan en mal estado y acaban desechándose. La IA puede ayudar a ajustar la oferta a la demanda, tanto en términos estéticos como de valor simbólico", añade la experta.
El precio no lo explica todo
Aunque para el consumidor medio los ramos pueden resultar caros, el precio final responde sobre todo a la logística y al trabajo artesanal. "Al final, aunque la materia prima no sea cara, el proceso sí lo es. La curaduría del ramo por parte del florista local encarece el producto, pero también aporta valor", concluye Somalo.
El desafío del sector es evidente: ofrecer flores que combinen belleza, sostenibilidad y significado, en un contexto en el que el consumidor busca no solo regalar, sino también cuidarse y reconectar con lo natural.