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Walter, el castañero de Sarrià: "Los vecinos me piden que suba el precio y les digo que no"

Visitamos la caseta de este vendedor ambulante que, otoño tras otoño, conquista a los vecinos con sus cucuruchos de castañas y ese olor cargado de reminiscencias

Teo Camino

Walter Morán en su caseta de castañas en el barrio de Sarrià (Barcelona) / TEO CAMINO

La plaza Artós de Sarrià, en Barcelona, ya no es la misma. Un aroma cálido, dulce y ligeramente ahumado envuelve el ambiente y guía los pasos del transeúnte hasta el puesto de castañas. Aquí, refugiado en su caseta de madera, Walter Morán, conocido como Walker en el barrio, cocina castañas al carbón en dos ollas inmensas.

Electricista de marzo a septiembre y castañero de octubre a febrero, Walter Morán se ha ganado el cariño de los vecinos con su amabilidad, pero, sobre todo, con la ternura y el sabor terroso de sus castañas gallegas y leonesas. Le visitamos.

--¿Cuánto hace que tiene este puesto de castañas?

--Llevo aquí diez años. El primer año me instalé en la calle Santa Amèlia, aquí al lado, pero vimos que no tenía tanta visibilidad y nos mudamos.

--¿Por qué eligió la plaza Artós?

--Porque aquí habían colegios y los niños siempre quieren castañas. Además, no había ningún puesto en los alrededores.

--He visto que pasan muchos adolescentes a pedirle castañas.

--Ah, ¿los viste? Vienen muchos a probar y yo les doy. Si vienen los niños, se las regalo. No soy amante del dinero, me gusta la koinonía, la complacencia, el compañerismo.

--Después de tantos años, conocerá a todo el barrio…

--Hay muchachos que conocía del colegio y ahora ya tienen familia y niños y todo eso. Vienen familias, sobre todo. También vienen los niños a pagar con el móvil de los padres y yo les doy el tique. Hay que ganarse su confianza para que puedan enviar a los niños a hacer eso.

Buenos días, Walker, dice una señora al pasar.

--¿Los niños son sus mejores clientes?

--Cuando pongo la caseta, los niños ya están toditos felices y contentos. La plaza cobra vida cuando yo llego, dicen. Por las tardes, los niños se sientan aquí delante (señala el suelo) y les cuento desde el proceso de cocción de la castaña hasta el árbol de donde provienen. Por eso les cuelgo estas fotos.

Una fotografía de un castaño y la lista de precios / TC

--Entonces, la gente sigue comprando castañas en la calle.

--Ahora el clima está alterado, pero ha llegado un poco de fresco y eso invita a comer castañas y motiva a la gente.

--Su caseta tiene una pequeña cubierta para los días de lluvia.

--Cuando llegué, a principios de octubre, tuve que salir corriendo por el chaparrón. Con el aguacero salí volando. Me fui riendo. La minicubierta sirve para amparar las ollas, pero con aquel chaparrón…

Nos interrumpe una joven en busca de castañas.

--Ahora todo ha subido de precio: la gasolina, la luz, los alimentos… ¿Sus castañas también?

--Yo he mantenido el precio desde hace tres años. Una docena: 4 euros. Algunos vecinos me dicen que les suba el precio y les digo que no. Prefiero mantenerme a un precio y que todos puedan comer. ¿Todo ha subido? Pues yo no. Prefiero que vengan todos.

--Sus castañas tienen muy buena fama en el barrio.

--Traer las de buena calidad es importante. Yo las traigo de Galicia y del Bierzo y Ponferrada, en León. Hay otros que no venden las buenas, y no es por criticar.

--¿Cómo las prepara?

--A la gallega. Sigo el ritual de la abuela. Hacer la castaña al carbón y tenerla con mucho cuidado para que se haga bien, se abra y saque la pulpa, con la finalidad de que los niños no tengan problemas con la cascarita. Para que la encuentren suave de comer.

Adiós, Walker, dice un anciano al pasar.

--El olor que desprenden es una tentación.

--Los vecinos me dicen que les hago el espectáculo y que dejan las ventanas abiertas por las tardes. El olor los atormenta y salen a comprar. ¡Pruébate una! 

--Claro. 

Las tiene envueltas en unas mantas y saca un par. 

--Aquí se acaban de hacer. Termina el proceso y salen reposaditas. Aunque algunos las quieren directamente de la olla.

--Está deliciosa.

--Algunos me quieren comprar la olla para hacerlas en casa y les digo que no, que pueden ir los bomberos. Y otros me dicen que han cesado de hacerlas en casa porque no les quedan igual. Eso me hace sentir feliz.

--Normal que se las quiten de las manos.

--Cuando queda algo de saldo, se lo preparo a los que pasan y tienen necesidades. Hay familias que viven cerca que no pueden pagar. Vienen a última hora y les doy unas pocas castañas para que entren en calor.

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