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Cuidar el cerebro para envejecer mejor: qué hábitos protegen de la demencia y el alzhéimer

La Dra. Belén Sánchez, jefa de servicio de Neurología del Hospital Universitario Quirónsalud Zaragoza, subraya la importancia de la alimentación y de mantener unos hábitos saludables

Juan Manuel Del Olmo

Un equipo médico realiza unas pruebas relacionadas con el alzheimer / FREEPIK

El alzheimer es una de las peores enfermedades que una persona puede padecer, ya que trastoca la esencia misma de quién es: sus recuerdos, su personalidad y su conexión con los demás. Es, además, una enfermedad devastadora para el entorno de quienes la padecen. A pesar de esta crudeza implacable, en los últimos años se han producido avances científicos prometedores que permiten soñar con que en el futuro se abra una puerta hacia la ralentización de la enfermedad. 

Tal y como explica a este medio la Dra. Belén Sánchez, jefa de servicio de Neurología del Hospital Universitario Quirónsalud Zaragoza, es importante tener presente que el alzheimer no es una fase que forme parte de un envejecimiento normal, y tampoco afecta solo a la memoria. “Es una enfermedad. De hecho, no es exclusiva de ancianos, y puede manifestarse como cambios de personalidad, apatía, alteraciones del lenguaje, etc.”, detalla.

Ejercicio y hábitos de vida saludables

Mucho se ha investigado sobre las causas que favorecen la aparición del alzheimer, si bien la ciencia tiene todavía un largo camino por recorrer. Lo que sí está claro es que el sedentarismo es un factor crítico. Por contra, la Dra. Sánchez detalla que el ejercicio, junto con la adopción de hábitos de vida saludables, puede retrasar la evolución natural de la enfermedad, “incluso puede ayudar a la normalización de biomarcadores de la enfermedad, indicando un freno en la velocidad del desarrollo del proceso”, expone.

Una persona hace deporte / FREEPIK

La Dra. Sánchez cita los argumentos expuestos por la Dra. Niotis, del Instituto de enfermedades neurodegenerativas de Floriden, en la 77ª reunión de la academia americana de neurología, celebrada en abril de 2025: “La reducción del peso, evitar dulces industriales, adoptar una dieta mediterránea, reducir el consumo de carne roja, buenos hábitos de sueño y mantener una actividad de ejercicio físico moderado o intenso, conlleva una reducción del riesgo de evolución de la enfermedad de Alzheimer”, enumera.

La importancia de la dieta mediterránea

Respecto a la alimentación, su relevancia es tal que la Dra. Sánchez declara que la dieta mediterránea emerge “como uno de los principales factores de protección frente a la enfermedad de Alzheimer”. 

Se estima, prosigue, que puede reducir el riesgo de desarrollo cognitivo entre un 10-20%, incluso en personas con predisposición genética a través del tipo 4 de la Apo-E. “Las grasas saludables del aceite de oliva, vegetales de hoja verde, frutos rojos, yogur y pescado azul favorecen una neuroprotección”, revela. Por otra parte, pese a la creciente popularidad de los suplementos vitamínicos, la evidencia científica demuestra que ninguno previene, por sí mismo, esta enfermedad.

Una persona prepara una ensalada / FREEPIK - 8photo

Vitaminas y dieta

“Se está estudiando mucho sobre el papel de las vitaminas del grupo B, los ácidos omega 3, el zinc y ciertos compuestos de Litio. Pero en definitiva, la dieta mediterránea suele integrar estos elementos en sí misma”, argumenta la especialista de Quirónsalud.

Los buenos hábitos, conviene recalcar, son fundamentales, puesto que la herencia genética no tiene tanto peso en el desarrollo de la enfermedad. “Tan sólo entre el 1 y el 5% de los casos de Alzheimer son hereditarios. La inmensa mayoría de los casos resultan de interacciones de factores de riesgo genéticos (como el tipo del gen APO-E), pero sobre todo ambientales”, detalla la Dra. Sánchez.

El peso de la edad

El mayor factor de riesgo es la edad. “A partir de los 65 años, la probabilidad de desarrollarlo se duplica cada 5 años. Se estima que un tercio de la población mayor de 85 años vive con esta enfermedad”, prosigue. Para identificarlo a tiempo, “existen biomarcadores detectables en laboratorio y en pruebas de imagen que ayudan a predecir el desarrollo”.

Dos personas caminan / FREEPIK

Al hablar de hábitos también es preciso mencionar la soledad y el aislamiento, problemas que la OMS define como una “grave amenaza para la salud mundial”. Al respecto, la Dra. Sánchez reconoce que la falta de comunicación derivada de la soledad en la que viven hoy en día muchas personas mayores favorece la evolución de la enfermedad de Alzheimer. 

Aislamiento social y demencia

Estar solo incrementa el riesgo un 31%, tanto como la obesidad o la falta de actividad física. Por tanto, la  socialización es importante. El informe de la comisión Lancet sobre la demencia de 2024, llegó a la conclusión de que el aislamiento social en etapas tardías de la vida contribuye a un 5% de los casos globales de demencia”, relata.

Resulta una paradoja amarga que, en el punto álgido de la conectividad digital, la sociedad experimente su crisis de soledad más profunda. “Los dispositivos virtuales son un arma de doble filo. Por un lado pueden favorecer el aislamiento, que, como hemos visto, es un factor de riesgo, y el abandono del esfuerzo mental necesario que implican ciertas habilidades habituales de la vida diaria. Pero también hay estudios que demuestran que videollamadas de 30 minutos varias veces por semana mejoran las funciones ejecutivas y la memoria en ancianos aislados”, concluye la Dra. Sánchez.