El jardín secreto de Gaudí abre sus puertas en Barcelona

Con unas vistas privilegiadas a la Sagrada Familia, este oasis semiurbano seduce al visitante con elegancia y guiños al célebre arquitecto catalán

Dos personas entran al jardín secreto de Gaudí en el Hotel Palace de Barcelona / TEO CAMINO
Dos personas entran al jardín secreto de Gaudí en el Hotel Palace de Barcelona / TEO CAMINO

Escucha el artículo ahora…

0:00
0:00

En la azotea del antiguo Ritz, tras una verja de hierro forjado pintada de verde aguamarina -todo muy mediterráneo-, se esconde el último secreto de Gaudí.

Basta con traspasar la puerta, coronada con un rótulo de St-Germain, rodearse de las hortensias blancas y gente de bien, sentarse bajo el techo de jazmín que perfuma el ambiente y disfrutar de las vistas inmejorables a las 18 torres de la Sagrada Familia. Es así como el atardecer cobra una nueva dimensión y el Gaudí Secret Garden del Hotel Palace se convierte en una especie de templo expiatorio de la rutina, en el Jardín del Edén de Barcelona.

Las vistas de la Sagrada Familia desde el Gaudí Secret Garden / TC
Las vistas de la Sagrada Familia desde el Gaudí Secret Garden / TEO CAMINO

El jardín secreto de Gaudí en el Hotel Palace

Este oasis semiurbano es la nueva apuesta del hotel cinco estrellas más antiguo de Barcelona para las tardes de primavera y verano.

De la mano de St-Germain, el Gaudí Secret Garden seduce al visitante con sus vistas, pero también con sus cócteles elaborados con el popular licor francés y delicatessen varias para picar.

Un St-Germain Spritz, dulces y la carta / TC
Un St-Germain Spritz, dulces y la carta / TC

Un capricho etílico

Nadie dijo que el paraíso fuese barato. Estamos en el Hotel Palace y un cóctel Trencadís, elaborado con St-Germain Elderflower Liqueur, ginebra Bombay Sapphire, limón y soda, tiene un precio de 21 euros. Asimismo, las denominadas Signature croquetas van a 5 euros la unidad. Aunque también es verdad que los posavasos son de cuero y los camareros siempre sonríen.

Esta es, seguramente, su única pega: que la inmensa mayoría de barceloneses no se pueden permitir una tarde en el jardin secreto de Gaudí.