Son cerca de las diez de la mañana de un día soleado de mediados de marzo, la reja metálica está bajada y los vendedores esperan, con sus bicicletas cargadas de bolsas de plástico, frente a la puerta de El Coleccionista.
“Abre ahora a las diez. Suele ser puntual. Si vas de cliente, pasas delante de todos. ¿Usted qué trae?”, me pregunta uno de los vendedores ambulantes sin que yo abra siquiera la boca. “Vengo a cotillear”, le respondo.
El Coleccionista
“Adelante”, dice el jefe. Y empieza la subasta. Los vendedores van pasando por el mostrador, donde depositan sus bolsas, y Josep Valsells, el dueño de El Coleccionista, va sacando los chismes. Juguetes, cromos, películas en DVD, vinilos, cajas de latón, PlayMobil, cientos de piezas de Lego…
“Esto sí. Esto también. Esto también, muy bien. Esto no. Las piezas sueltas te las devuelvo”, recita Josep antes de entregar un billete de 20 euros, otro de 10 y algunas monedas al vendedor, que sale de la tienda guardándose el dinero en el bolsillo. Y pasa el siguiente. Todo sucede como en aquellas escenas de la posguerra en las casas de empeños.
Los vendedores ambulantes de Enrique Granados
El siguiente deposita una bolsita sobre el mostrador. Josep le da la vuelta y la vacía. De ella salen cuatro anillos. A juzgar por el billete que le entrega al vendedor, debe de ser bisutería. “Bon dia, Josep. Hoy te traigo vinilos y DVD’s”, comenta el siguiente de la fila, mientras otro entra y va depositando unos cántaros de cerámica en un lado de la tienda.
Podría ser una escena sacada de una película del neorrealismo italiano. Sí, aquella en la que María, la esposa del protagonista de El ladrón de bicicletas, empeña las sábanas de su cama para conseguir una bicicleta y que su marido pueda trabajar pegando carteles. Pero tiene lugar en la tienda El Coleccionista de la calle Enrique Granados de Barcelona.
Josep Valsells, el dueño
Josep Valsells se instaló en esta esquina hace 25 años, cuando dejó su oficio, el de reformar pisos y locales, para dar rienda suelta a su pasión de toda la vida: el coleccionismo.
El escaparate de la tienda capta la atención del transeúnte al instante. Una vez dentro, la simple contemplación de los objetos dispara la imaginación y hace que los recuerdos fluyan en cascada.
“Todo se vende”
“Todo lo que ves se vende”, confirma Valsells, sentado en su taburete y rodeado de monedas romanas, carteles y postales del siglo XIX, frascos de colonias Myrurgia de principios del XX, una consola Game & Watch (1985) y un vaso de Coca-Cola de los Juegos Olímpicos de Barcelona 92’, entre otros objetos y chirimbolos inclasificables.
“El coleccionismo lo acapara todo, aunque sellos no toco. Hay tantas filatelias en Barcelona que no tiene sentido. Además, el coleccionismo de sellos se está perdiendo desde que la gente ya no los utiliza”, explica Valsells.
El objeto más caro de la tienda
Los juguetes de Lego, por ejemplo, oscilan entre los 5 y los 300 euros por pieza. Una colonia al extracto Maderas de Oriente de Myrurgia (usada) sale por 25 euros. El dosificador de absenta Berger que preside el mostrador se dispara hasta los 300 euros.
Pero ¿cuál es el objeto más caro que se puede encontrar en El Coleccionista? “Un enorme tapiz de la Exposición Universal de Barcelona 1888”, desvela Valsells sobre este tesoro textil que tiene un precio 5.000 euros y guarda a buen recaudo en la trastienda. El resto es historia.