Baleares ha prohibido la venta de bebidas energéticas a menores de 18 años y contempla multas de hasta 60.000 euros para quienes incumplan la norma. Una medida que debería servir para algo más que para controlar las cajas de los supermercados. Debería obligarnos a preguntarnos por qué hemos permitido que productos cargados de cafeína y otros estimulantes se hayan convertido en una bebida cotidiana, especialmente entre los adolescentes.
Los datos son difíciles de ignorar: el 47,7% de los estudiantes de entre 14 y 18 años había consumido bebidas energéticas durante el último mes y casi el 20% reconocía haberlas mezclado con alcohol, según los datos de Estudes 2023. No hablamos, por tanto, de un consumo anecdótico. Hablamos de una parte de la población a la que se le ha vendido la idea de que una lata sirve para estudiar más, aguantar una noche de fiesta o, simplemente, tener más energía.
El problema es que detrás de envases con estética juvenil y sabores que recuerdan a un refresco hay cantidades elevadas de cafeína, azúcares y otros estimulantes, como la taurina o el guaraná. Su consumo se relaciona con problemas como la obesidad, la diabetes tipo 2 y un mayor riesgo cardiovascular. Y cuando se mezclan con alcohol, la situación puede ser todavía más peligrosa: pueden hacer que se perciba menos la embriaguez y favorecer un mayor consumo.
Por eso, la prohibición balear llega tarde, pero, al menos, llega. El resto de comunidades debería tomar nota. Si estas bebidas merecen restricciones de venta similares a las del alcohol y el tabaco cuando hablamos de menores, quizá deberíamos dejar de tratarlas socialmente como si fueran simples refrescos. También habría que exigir más responsabilidad a una industria que ha convertido la cafeína en un reclamo de marketing dirigido, en buena medida, a los jóvenes.
Porque el mensaje debería ser mucho más claro: las bebidas energéticas no son inocuas y hay que ponerles coto. No hace falta esperar a que aumenten los problemas de salud para actuar. Si una lata necesita tanta publicidad, tantos estímulos y tantas promesas de rendimiento para venderse, quizá convendría preguntarse qué es exactamente lo que estamos metiendo en ella y, sobre todo, a quién se la estamos poniendo al alcance.
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