Crear suena bien. Remite a producir, aportar, imaginar y poner algo nuevo a disposición de los demás. Cuando menos, lo que se crea es “entretenimiento”, sea lo que sea que a cada uno le entretenga. Frente a ello, destruir nos evoca justo lo contrario: exterminar, deteriorar, empobrecer, etc. Sin embargo, esta visceral percepción entre dos conceptos opuestos resulta bastante menos evidente cuando se racionaliza y se pregunta qué es lo que se crea y qué es lo que se destruye.
El tema tiene una vuelta de tuerca más cuando hablamos de alimentación y salud. Temas sobre los que se publican a diario miles de contenidos que, en buena parte, simplifican procesos complejos, exageran resultados, convierten asociaciones estadísticas en relaciones causales, magnifican las propiedades de alimentos corrientes o de nutrientes y generan necesidades que hasta ese momento nadie tenía. Algunos creadores lo hacen por desconocimiento; otros, con intereses comerciales más o menos visibles y, una parte significativa, con una desmedida intencionalidad viral con independencia del contenido. Son contenidos que funcionan extraordinariamente bien porque suelen ofrecer explicaciones sencillas, certezas rotundas y soluciones fáciles.
Hay otros perfiles que hacen algo menos agradecido: comprobar, contextualizar, corregir y, cuando corresponde, desmontar. En dos palabras: destruir contenidos. El concepto, en seco, es poco amable, lo reconozco. Pero cuando aquello que se destruye es falso, engañoso o carece de respaldo científico, el problema no está en quien destruye, sino en haber concedido prestigio automático a quien crea.
Crear siempre tiene buena prensa, pero depende de lo que se cree
La etiqueta “creador de contenido” concede una cierta ventaja reputacional aun sin mencionar la calidad de lo que se hace. Es como si el mero hecho de aportar algo nuevo al ecosistema del entretenimiento —todo contenido en RRSS compite, de un modo u otro, en el terreno de la atención y el entretenimiento— implicara que ese algo merece estar ahí.
Cuando además de entretenimiento hay un mensaje para llevar a casa —como cuando se abordan cuestiones de salud— el panorama tiene un importante matiz añadido. Se puede crear contenido riguroso, útil y bien fundamentado, pero también miedo injustificado hacia determinados alimentos, explicaciones metabólicas inventadas, falsas necesidades de suplementación, dietas sin fundamento o expectativas irreales sobre lo que puede conseguirse comiendo de una determinada manera.
La condición de creador, por tanto, no dice nada sobre el valor de lo creado. Y tampoco sobre sus consecuencias. Un contenido puede ser novedoso, entretenido, atractivo y tremendamente eficaz desde el punto de vista comunicativo y, al mismo tiempo, transmitir una idea falsa o distorsionada de la salud. Por tanto, convendría empezar a separar ambas cosas: crear es una actividad; aportar valor es otra. Sería bonito que coincidieran, pero en muchas ocasiones no lo hacen.
Crear es más fácil; pero destruir (de forma constructiva) exige más
En esta competición el creador parte con ventaja. Puede ser rápido, simple, rotundo, novedoso o alineado con la moda de turno. Puede prometer, sorprender, ser tendencia y tatuarse en la mente de los usuarios con una frase de diez segundos: que esta es la dieta “definitiva”, que cierto suplemento “promete” un beneficio (como el cansino colágeno) o que un determinado ritual de cocina “soluciona” un problema del metabolismo (como el absurdo del almidón resistente). No necesita demostrar demasiado para captar la atención; le basta con resultar contundente y atractivo.
Quien pretende desmontar ese mensaje juega con otras reglas. Tiene que comprobar qué se ha dicho exactamente, buscar fuentes, valorar su calidad, distinguir una asociación de una relación causal, introducir contexto y explicar hasta dónde llegan los datos. Y, además, debe asumir una circunstancia poco favorable desde el punto de vista comunicativo: muchas veces la respuesta correcta es menos espectacular que la afirmación original.
Frente a un “esto funciona”, la contestación puede ser “no hay pruebas suficientes”, “el efecto es pequeño”, “depende de las circunstancias” o “no se puede concluir eso con ese estudio”. Son respuestas más incómodas, menos virales y, a menudo, más difíciles de condensar en un titular o mensaje breve.
Destruir contenidos no consiste en llevar la contraria. Exige documentarse, requiere más tiempo y una tolerancia mucho mayor hacia los matices. Y todo ello para producir, con frecuencia, un mensaje bastante menos seductor, complaciente y taxativo que aquel que se pretende corregir.
El problema de jugar a la contra y por qué hacen falta destructores
El destructor de contenidos parte con otra desventaja: siempre llega después. Citar, compartir o responder a un contenido falso puede contribuir a aumentar su visibilidad, reforzar el protagonismo de quien lo difundió e introducirlo incluso en audiencias que no habían tenido contacto con él.
Jugar a la contra tiene, además, otro coste menos mencionado. Con frecuencia, quien desmonta un contenido cuenta con muchos menos seguidores que la persona, el perfil o la empresa cuyos contenidos se cuestionan. Así, criticar públicamente las afirmaciones de un personaje famoso, un influencer con millones de seguidores o una multinacional significa exponerse también a la reacción de su comunidad.
No hace falta que el aludido responda directamente. Basta con que una parte de sus seguidores interprete la crítica como un ataque para que aparezcan descalificaciones, insultos, campañas de acoso o intentos de desacreditar a quien ha planteado la objeción. La discusión deja entonces de centrarse en la validez del argumento y pasa a convertirse en una defensa tribal de la figura cuestionada.
Por eso también hay una cierta valentía en algunos destructores de contenido. Sostener una crítica —por documentada que esté— frente a alguien con una capacidad de amplificación muy superior puede tener un coste personal evidente.
Dicho riesgo obliga a elegir bien cuándo, cómo y a quién se responde. No toda falsedad merece una réplica individual ni todo creador necesita convertirse en protagonista de la corrección. A veces merecerá la pena desmontar la idea sin amplificar al emisor.
Cada vez estoy más convencido de la necesidad de reivindicar la figura del destructor de contenidos. Necesitamos eliminar el ruido, corregir los errores y etiquetar cada afirmación con el grado de certeza que realmente merece.
Al final, destruir una afirmación falsa, una exageración o una interpretación interesada no empobrece el ecosistema informativo: lo mejora, ya que destruir también puede ser una forma de construir. La cuestión, cada vez más relevante en nuestro tiempo, es que no todo lo que se crea merece ser conservado, ni todo lo que se destruye merece ser lamentado.
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