La "evidencia científica" es una de las expresiones peor interpretadas
La sola mención de “la evidencia científica” no hace que una recomendación sea cierta. Antes de aceptar un argumento conviene entender qué significa la evidencia en este contexto y qué puede, o no, respaldarse en nombre de la ciencia
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Hay pocas expresiones capaces de blindar un argumento con tanta facilidad como “la evidencia científica”. Forma parte de debates en congresos, contenidos de TikTok, conversaciones de ascensor y artículos periodísticos. Sin embargo, en no pocas ocasiones, es posible que los interlocutores no sepan que lo que apoyan con esa expresión no coincide con la realidad. Aunque ellos crean que sí.
Se repite continuamente cuando se habla de alimentación y salud. “La evidencia científica afirma que el café es beneficioso”, “hay evidencia de que los ultraprocesados aumentan el riesgo de enfermedad” o “no hay evidencia de que el ayuno intermitente funcione”. La utilizan investigadores, profesionales sanitarios, divulgadores, influencers y periodistas. Y, sin embargo, en muchas ocasiones, dicha expresión aporta más confusión que certezas. Es posible que el origen de propia palabra tenga mucho que ver. Me explico.
En español, cuando algo es evidente, solemos entender que resulta claro, manifiesto o difícilmente discutible. Sin embargo, cuando un científico habla de “evidencia científica”, rara vez tiene (o debería tener) tanto aplomo.
Del inglés al español: pequeñas diferencias con grandes consecuencias
El inglés es el idioma de la ciencia y buena parte del lenguaje científico actual procede del inglés. Con este punto de partida, es preciso coincidir en que una de las palabras más influyentes es ‘evidence’, un término que, en ese contexto, se refiere principalmente a las pruebas que respaldan una afirmación.
El español ha incorporado también ese significado técnico y hoy forma parte del vocabulario habitual de la investigación biomédica. Pero al mismo tiempo convive con el significado que ya tenía anteriormente en nuestra lengua: lo que resulta irrefutable. Este doble significado puede estar detrás (en todo o en parte) de una habitual y pésima interpretación del conocimiento científico.
De esta forma, cuando alguien lee que “existe evidencia científica”, es fácil que interprete que algo ha quedado definitivamente demostrado, cuando lo que realmente se está diciendo es algo bastante más preciso, a la vez que modesto: existen (ciertas) pruebas que apoyan una determinada conclusión. Después, claro está, habrá que sopesar el alcance de estas pruebas.
Las pruebas son diferentes y por eso suele ser necesario más de una
Imaginemos un juicio por asesinato. Nadie quedaría convencido porque el fiscal enunciara un escueto “hay pruebas de que el acusado es culpable.” Lo primero que preguntaríamos qué pruebas son y cuántas existen; evaluaríamos su fiabilidad, si coinciden entre sí, o si hay otras pruebas que apuntan en sentido contrario. Pues en ciencia sucede exactamente lo mismo. Hay pruebas de muchas cosas, pero… no todas las pruebas tienen el mismo valor.
No tiene el mismo nivel probatorio un estudio que se realiza in vitro, que otro en animales o que otro en personas. No son lo mismo. Si es con personas, pero con pocos participantes, no ofrece la misma solidez que otro realizado con miles de participantes. Un trabajo observacional puede sugerir una asociación, pero no demostrar una relación de causa y efecto entre variables. Un ensayo clínico bien diseñado suele aportar información más robusta que una serie de casos. Y una revisión sistemática puede ofrecer una visión mucho más completa al analizar conjuntamente todas las investigaciones disponibles. Siempre que los estudios de dicha revisión tengan una buena calidad metodológica.
Por eso, la pregunta del millón no es si existe “evidencia”, sino qué calidad tiene esa evidencia, esas pruebas. Y hasta qué punto, en definitiva, sirven para respaldar realmente una recomendación.
La evidencia científica no es un interruptor
En la conversación cotidiana solemos plantear las cosas como si solo hubiera dos posibilidades: hay evidencia o no la hay. Que es precisamente la forma en la que NO funciona la ciencia.
La evidencia no aparece de golpe ni desaparece de un día para otro. Se construye gradualmente conforme se acumulan nuevas investigaciones. En ocasiones las pruebas son escasas. Otras veces son contradictorias. Es decir, la evidencia no es una propiedad inherente a un conocimiento. Es una forma de expresar el peso que tienen las pruebas disponibles en un momento determinado.
La ciencia no es un sistema de verdades absolutas. Su fortaleza reside precisamente en que sus conclusiones están siempre abiertas para ser revisadas en cuanto aparezcan nuevas pruebas, nuevas evidencias.
En nutrición y dietética esta es una batalla constante y cotidiana
Como es fácil comprobar, en nutrición es verdaderamente complicado obtener certezas a pesar de contar con múltiples evidencias.
Diariamente aparecen centenares de titulares y millones de contenidos en redes sociales que anuncian que un alimento (o suplemento) protege frente a una enfermedad o, por el contrario, que aumenta el riesgo de padecerla. Muchos de esos titulares proceden de un único estudio, cuidadosamente seleccionado con el fin de ofrecer una conclusión llamativa antes que un consejo realista. Sin embargo, un estudio aislado rara vez cambia por sí solo el conocimiento científico.
La importancia de cada publicación debe valorarse integrándola con el resto de las investigaciones sobre el mismo tema. A veces confirma lo que ya se sabía. Otras veces aporta un pequeño matiz. En ocasiones contradice trabajos anteriores, lo que obliga a estudiar por qué ha ocurrido. Y solo excepcionalmente modifica de manera sustancial el consenso existente. La ciencia avanza acumulando pruebas y conocimiento, no coleccionando titulares.
Cuidemos el lenguaje y cultivemos un saludable espíritu crítico
En el mundo de la ciencia no existe una especie de autoridad con toga que emita veredictos definitivos del tipo “la evidencia demuestra” o “la evidencia dice”. Aunque lamentablemente sean expresiones habituales.
Podríamos solventar este problema si al hablar de ciencia nos expresáramos de una forma más acorde con su funcionamiento. En muchos casos bastaría con decir que las pruebas disponibles sugieren, indican, respaldan o permiten concluir una determinada afirmación con un cierto grado de confianza. No es cuestión de ser tiquismiquis si no de ser precisos con algo tan importante como la salud.
Así, la próxima vez que alguien afirme que “la evidencia científica demuestra”, quizá convenga no dar la conversación por terminada. Al contrario. Es el momento de empezar a hacer preguntas.
¿Qué pruebas existen? ¿Cuántas son? ¿Qué calidad tienen? ¿Coinciden entre sí? ¿Hasta qué punto respaldan esa conclusión?
La evidencia científica no consiste en que algo sea evidente. Consiste en valorar, con el mayor rigor posible, el peso de las pruebas disponibles. Y esa diferencia, aunque solo ocupe una palabra, cambia por completo la manera de entender cómo funciona la ciencia.
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