La turboobsesión proteínica: ocho pasos para entender una situación delirante
Una década ha bastado para que las proteínas pasen de ser un nutriente que apenas interesaba a culturistas, a aparecer hasta en la sopa (y no es una forma de hablar). En este post analizaremos su meteórico y nutricionalmente injustificado éxito comercial
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Que el tema de las proteínas se nos ha ido de las manos es una conclusión para la que hace falta tener la misma capacidad de observación que la de un topo con cataratas. Se han comercializado panes, yogures, helados, chocolate, infusiones, cereales... y hasta agua (sí, agua) proteinizada. Incluso alimentos que ya eran buenas fuentes naturales de proteína han empezado a anunciarlo en el frontal del envase, “descubriendo” una propiedad que siempre estuvo ahí. Proteínas con más proteínas, ¿qué puede fallar?
En este post exploraremos en ocho sencillos pasos cómo hemos llegado hasta aquí. La clave es, no lo dudes, el interés comercial de una industria que, además de cubrir una demanda, es capaz de crearla, y con ello hacer comulgar a los consumidores con ruedas de molino. Ruedas de molino altas en proteína. Por supuesto.
Paso 1: La proteína como herencia de los gimnasios
Durante años, la proteína solo estaba asociada al culturismo, batidos, hipertrofia y deporte. Luego la cultura fitness se generalizó: entrenamiento de fuerza, cuerpos “funcionales”, envejecimiento activo, recomposición corporal, pérdida de grasa, “mantener músculo”. Eso permitió sacar la proteína del nicho deportivo y presentarla como algo deseable para cualquiera.
Paso 2: Si todo es malo, lo que queda ha de ser bueno
La grasa fue la primera en ser demonizada. Luego les llegó el turno a los carbohidratos en general y al azúcar en particular. En ese paisaje, la proteína quedó como el único macronutriente “limpio”. Si todos los demás habían descendido a los infiernos –y comer hay que comer– las proteínas se alzaron hasta el cielo. Los argumentos de venta (de venta, insisto): no engorda, es saciante, construye músculo, ayuda a adelgazar y demás maravillas. Hablando de nutrientes, a la proteína le bastó con ser la única opción positiva entre las posibles. Un rey sin oposición. Unas elecciones con un único candidato.
Paso 3: Desplazar el discurso desde la “necesidad” hacia la “optimización”
Este punto es clave. La proteína no se vende porque sea necesaria (que lo es) o tengamos un riesgo de déficit (que no tenemos), sino porque, supuestamente, con más proteína se va a alcanzar un mejor estatus: más saciado, más fuerte, más tonificado, más metabólicamente eficiente, más preparado para envejecer, más protegido frente a la pérdida muscular. El salto de la suficiencia a la optimización es muy rentable, porque convierte a personas sanas en consumidores permanentes. No basta decir “yo ya tengo suficientes proteínas” (que las tenemos) sino que, con más, se va a estar mejor.
Paso 4: La industria aplica un reclamo sencillo y muy tentador
“Alto o fuente de proteína” se entiende al instante. No exige explicar matrices alimentarias, calidad dietética, densidad nutricional o patrones de consumo. En la UE, además, estas declaraciones están ya reguladas desde 2006: “alto contenido” y “fuente” puede usarse si al menos el 20 % y el 12 % respectivamente del valor energético del alimento procede de proteínas. Eso no significa que el producto sea necesario ni saludable en conjunto, pero permite un mensaje frontal muy potente. ¿Puede haber basura alimenticia alta en proteínas? Sí, y si es así, ¿a quién le importa que sea una basurilla?
Paso 5: Las declaraciones de salud se convierten en promesas nunca realizadas
(Y la industria lo sabe muy bien y lo aprovecha).
La normativa europea permite alegaciones como que la proteína contribuye al mantenimiento de la masa muscular. Esa frase, siendo cierta en su contexto fisiológico, se transforma fácilmente en un mensaje comercial mucho más amplio: “este producto me va a ayudar a mazarme”. Pero no. Si ya se cubren las necesidades proteicas, añadir más proteína no va a producir músculo por sí solo. En personas que entrenan fuerza puede haber un beneficio adicional hasta determinados niveles de ingesta, pero acumular productos proteicos sin el estímulo adecuado del ejercicio no construye masa muscular. Acumular ladrillos no hace que un edificio se levante solo.
Paso 6: La proteína permite mejorar la imagen de productos ordinarios o malsanos
Esta es la parte más retorcida de la campaña: no hace falta inventar una categoría completamente nueva. Se puede añadir proteína, o destacar la que ya había, en yogures, natillas, cereales, barritas, pan, pasta, galletas, helados, café, snacks o platos preparados. Euromonitor ya señalaba en 2023 que los fabricantes estaban incorporando proteína a productos que antes no se asociaban con ella, como cereales de desayuno o pasta, y destacándola incluso en productos que ya eran naturalmente fuente de proteína.
En un estudio de más de 4.300 alimentos procesados del mercado español, nueve de cada diez productos con reclamos proteicos fueron clasificados como menos saludables según el modelo de perfil nutricional utilizado. Así que sí: se puede añadir proteína a un producto de escaso interés nutricional. El reclamo no lo hace mejor, pero probablemente sí más vendible
Paso 7: El consumidor es víctima del nutricionismo, no ve alimentos, solo nutrientes
El nutricionismo es una forma muy reduccionista de comprar que deja los alimentos al margen: un grave error. Menos azúcar, más fibra, más proteína, cero grasas, sin gluten, con colágeno, con magnesio. La proteína funciona muy bien en esa lógica porque es cuantificable: 10 g, 15 g, 25 g. Da sensación de control. El producto deja de venderse como yogur, galleta o batido y pasa a venderse como “vehículo de proteína”.
Paso 8: Las redes sociales (y la imagen) como motor
Los discursos sobre fitness, pérdida de peso, menopausia, envejecimiento saludable, nutrición deportiva y “hábitos saludables” han normalizado la idea de que hay que vigilar la proteína en cada comida y en cualquier contexto. No funciona como una mentira frontal, sino mediante la repetición y la descontextualización: desayuno proteico, snack proteico, cena proteica, etc. Al final, el consumidor recibe una instrucción simple: “mete más proteína”.
A modo de reflexión
La paradoja en este asunto es que la expansión comercial de las proteínas no responde a una insuficiencia proteica generalizada. Según la Comisión Europea, en los países de ingresos altos el consumo medio de proteínas supera las cantidades recomendadas, mientras que los problemas de desnutrición proteico-energética se concentran principalmente en personas hospitalizadas, mayores y otros grupos vulnerables.
La importancia fisiológica de la proteína se ha usado para sobredimensionar su relevancia comercial en personas que ya cubren sus necesidades. Que algunas personas puedan beneficiarse de una mayor atención a la proteína no justifica convertir la proteinización del supermercado en una recomendación para toda la población.