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Miguel Ángel Lurueña: "Los españoles no comemos bien y no entendemos lo que compramos"

Este experto en alimentación critica que la industria líe al consumidor con ciertos reclamos publicitarios y que algunas marcas incluso hayan insinuado que inmunizan contra el Covid

Javier Roibás

Miguel Ángel Lurueña y su libro 'Que no te líen con la comida' / ML

Miguel Ángel Lurueña (Béjar, 1978) es doctor en ciencia y tecnología de los alimentos y desde hace años dedica parte de su tiempo a la divulgación científica. En concreto, con todo lo relacionado con la nutrición y la comida. Esta faceta la desarrolla tanto en Twitter (@gominolasdpetro), la red social en la que es más activo, como en su blog, Gominolas de Petróleo. Sin embargo, eso no era suficiente para él y sus consejos y explicaciones sobre muchas de las cuestiones que perturban a los consumidores cuando van al supermercado han dado el salto al papel. Así, en 2021 parió su primer libro: Que no te líen con la comida (Ediciones Destino).

Según el autor, se trata de una guía práctica para “ayudar a la gente a entender lo que significa comer bien y cómo hacer la compra sin caer en engaños publicitarios, distracciones o incomprensiones”. Además, con su ópera prima también pretende que los consumidores sean más conscientes y se deshagan de las ideas preconcibas y erróneas relacionadas con la nutrición que, a su parecer, han sido alentadas, en buena medida, desde la propia industria alimentaria.

  • ¿Hacemos bien la compra los españoles?

"Diría que no. Los datos indican que no comemos bien y que no entendemos lo que compramos. Nos dan miedo algunas cosas que no deberían, como los antibióticos en la carne, los pesticidas en las verduras y los aditivos. Cuando leemos las etiquetas, si es que las leemos, nos fijamos en las calorías, la cantidad de azúcar, la fecha de caducidad y poco más. Pero es normal. No tenemos conocimientos suficientes porque no nos los han enseñado en ningún sitio".

  • ¿Es necesario impartir educación nutricional en los colegios?

"Creo que sí. Deben impartirse conocimientos sobre la vida real. En lo que respecta a la alimentación, hay muchas cosas desactualizadas y carentes de rigor. Se habla todavía de la pirámide nutricional y hay libros de texto que meten miedo sin fundamento hacia algunas cosas, como a los aditivos, por ejemplo. Nos dan conocimientos sobre biología o geología, que obviamente son necesarios, pero se nos olvida que luego hay que salir al mundo real y no sabemos hacer la declaración de la renta o interpretar las etiquetas de lo que comemos, que es algo básico".

  • ¿Cómo actúa, en este sentido, la industria de la alimentación?

"Nos lía con reclamos publicitarios que se usan de forma voluntaria y que no están definidos en la legislación. Un ejemplo es el término natural, que se pone en muchísimos productos y realmente no significa nada porque no está definido en la normativa con el significado que le solemos dar. Y ocurre lo mismo con cosas del tipo casero, receta artesanal, receta de la abuela… Al margen de eso también están los reclamos nutricionales y de salud. Esos sí están recogidos en la ley. Tienen unos requisitos concretos, pero no significan lo que creemos. Si un yogur dice que refuerza tus defensas, eso no significa que vaya a evitar que enfermes. Esos reclamos se ponen por los compuestos que se añaden a los productos, no porque las bacterias del yogur refuercen nuestras defensas, como tantas veces se nos ha dicho, sino porque se añaden ciertas vitaminas o cosas de las que sí pueden decir determinadas cosas".

  • ¿Algunas marcas se han aprovechado del coronavirus con esto último?

"Totalmente. Algunas marcas de alimentación han insinuado que inmunizan contra el Covid. Las hay que dicen que ayudan a nuestras defensas, otras que ayudan a nuestro sistema inmune… Muchas veces las empresas hacen insinuaciones en la publicidad como ha ocurrido, por ejemplo, en un anuncio reciente de Actimel que dice: ¿Tienes ganas de terraceo? Después, se añade la foto de una persona tomando algo en una terraza, con la silueta del producto y el reclamo “ayuda a tus defensas”. Si sumas dos más dos, lo que quieren decir es que si tomas eso te puedes ir de bares tranquilamente. No lo pueden decir abiertamente, pero es lo que dan a entender. Y mucha gente se pregunta por qué se permite esto. Son insinuaciones y es muy difícil legislar sobre eso. Lo que dice la norma es que la publicidad no puede dar lugar a engaños, pero eso es muy subjetivo y en este caso depende de la interpretación que hagamos. En realidad no se dice que tomar ese yogur vaya a hacernos inmunes contra el coronavirus, pero son sugerencias que muchas personas pueden interpretar así. Y ahí ya entran en juego los órganos de control para decidir si esa publicidad es ética o no, como Autocontrol. Pero es un organismo al que pertenecen muchas de estas empresas y al final es como poner a los lobos a cuidar de las gallinas".

  • ¿Nuestros abuelos comían mejor que nosotros?

"Se puede decir que había una mejor oferta de alimentos porque no había tantos productos insanos como refrescos, chocolates, galletas… cosas de las que ahora encontramos lineales enteros en los supermercados y que hacen que la elección de alimentos se complique. Ahora bien, si hablamos de seguridad alimentaria, estamos a años luz de lo que comían nuestros abuelos, a pesar de esa idea romántica de que antes todo era más seguro porque era más natural. Es todo lo contrario. Antes apenas había controles y ocurrían desgracias como la del aceite de colza u otros a menor escala, como intoxicaciones alimentarias y fraudes".

El doctor en Ciencia y Tecnología de los Alimentos Miguel Ángel Lurueña / Javier Lueje
  • ¿Hay un miedo infundado a lo artificial?

"Son miedos infundados que no se centran sólo en la alimentación. Abundan en la medicina, en la cosmética… en muchos ámbitos en los que percibimos lo químico como algo necesariamente malo y lo natural como algo bueno. Un pan de molde, por ejemplo, ¿hasta qué punto es natural? No nace en la tierra. ¿Desde qué punto empezamos a considerar lo artificial y lo natural? Son cosas que están instauradas y que han ganado más relevancia ahora. Lo que hacen muchas empresas es aprovecharlo y fomentarlo, a pesar de que eso va en contra de sus intereses a largo plazo. Evitan el uso de sustancias que representan una ventaja para ellos y también para los consumidores, como ciertos aditivos que no representan ningún peligro y que se dejan de usar porque dan miedo a la gente".

  • ¿Afecta esto a la legislación de los productos ecológicos?

"La legislación de productos ecológicos se basa en la falacia naturalista, es decir, en la de asumir que lo natural es bueno y lo artificial no. Se legisla en torno a esto, lo cual me parece una barbaridad. Eso provoca que en la producción de los alimentos, para que puedan llevar el sello ecológico, no se pueden utilizar aditivos de síntesis o pesticidas de síntesis. Se da prioridad a ciertas medicinas alternativas --para los animales-- como la homeopatía. Se dice que la alopática, es decir, la medicina, la que funciona, sólo se puede utilizar como último término si la otra no funciona. Se da pie también a la agricultura biodinámica, basada en las teorías de Rudolf Steiner, un señor al que se le ocurrían ideas peregrinas. Decía que los astros tenían influencia sobre los cultivos y se inventaba fórmulas magistrales con las que supuestamente los cultivos crecían mejor y más rápido, como enterrar cristales de cuarzo cuando había luna llena. La gente no sabe lo que es la agricultura biodinámica, pero como suena bien y natural… De hecho, hay vinos de agricultura biodinámica y la gente los compra sólo por ese motivo".

  • ¿Y qué piensas del precio de estos alimentos? Porque lo ecológico no es precisamente barato…

"Es una opción que no es asequible para todo el mundo y que puede hacer que las personas que no pueden asumir ese coste extra se sientan mal. Ya sea por la presión social o la publicidad que se hace de ello. Se da a entender que lo ecológico es más sostenible y que si no lo compras estás perjudicando el medioambiente. Si haces crítica de lo ecológico y de los fallos que tiene el reglamento, la gente se posiciona y dice que eres un monstruo al que no le importa el medioambiente. Claro que me importa, estoy muy comprometido con ello, pero hay cosas que no tienen ni pies ni cabeza. Se pueden encontrar manzanas ecológicas importadas de Italia, cocos desde Costa de Marfil y kiwis de Nueva Zelanda. Todo envasado en plástico y con el coste medioambiental que supone el envío desde esa parte del mundo hasta España. Eso de ecológico no tiene nada. Los que defienden lo ecológico hablan de que el reglamento no se basa en la protección del medioambiente y que sólo se trata de un sistema de producción. Tiene un nombre engañoso porque da a entender que es más sostenible, cuando en realidad sólo tiene que cumplir unos requisitos que no están necesariamente relacionados con eso".

El libro 'Que no te líen con la comida' de Miguel Ángel Lurueña / CG
  • ¿Qué opina sobre Nutriscore? Hay mucho revuelo dentro de la propia comunidad científica

"Lo ideal sería que los consumidores aprendiéramos a leer las etiquetas sin tener una nota que nos simplifique tanto las cosas. Caer en ese simplismo puede inducir a errores y ya se han visto algunos agujeros. Si añadimos fibra a un producto, por ejemplo, que puntúa de forma positiva, se enmascara lo negativo del azúcar y se obtiene una nota final buena. Eso puede despistar. El sello nació con la idea de ser una información intuitiva y simple, pero al final no sirve para comparar todos los alimentos, sino que se debe hacer por categorías. Podemos encontrar un producto que no sea saludable y que tenga una A. Eso sólo nos dice que es menos malo que otro que tiene una D".

  • ¿Algún consejo para que los consumidores hagan la compra de forma más saludable?

"Priorizar los alimentos frescos o poco procesados de origen vegetal y animal. Frutas, verduras, hortalizas, legumbres y, en el mundo animal, pescado, huevos, leche… todo eso que ya sabemos que es saludable. También planificar lo que vamos a comprar y hacer un menú semanal para evitar llevarnos productos superfluos e insanos. Si los tenemos en casa, al final, nos los comemos. Otro consejo es plantearse si lo que uno sabe es realmente cierto. Tenemos dogmas instaurados, como el de desayunar lácteos, cereales y fruta, que no tiene ningún sentido. No nos los planteamos porque se han repetido demasiadas veces. Por otro lado, no hay que obsesionarse con la alimentación, a veces nos pasamos al otro extremo y tenemos miedo de todo y nos torturamos con qué vitaminas o minerales tendrá un producto. Hay que simplificar, no hace falta estar con la calculadora todo el día. Por último, si tenemos que comprar productos con etiquetas, es necesario fijarse en la información obligatoria, sobre todo en la lista de ingredientes, que es lo más importante. Los primeros que aparecen son los mayoritarios y los más importantes. Si lo primero que aparece es azúcar, harina y sal, pues no es un buen producto".