Las alternativas orgánicas al flúor que ponen en peligro tus dientes

El desconocimiento y las terapias naturales han llenado las redes de bulos sobre productos que prometen grandes beneficios sin ninguna evidencia científica

Pasta de dientes sobre un cepillo   PIXABAY
Pasta de dientes sobre un cepillo PIXABAY

El cuidado de los dientes es una preocupación constante. Conseguir una sonrisa perfecta y reluciente supone un objetivo para muchas personas. Sin embargo, gracias a internet es posible encontrar remedios alternativos a la clásica pasta con flúor que no siempre pueden demostrar todas las promesas que hacen a los consumidores. 

De hecho, es difícil que algunas de estas técnicas, en el caso de que funcionaran como dicen, superen la capacidad del flúor en el correcto desarrollo de la salud bucal. La odontología ha comprobado cómo este elemento es seguro y eficaz para fortalecer el esmalte dental y combatir las bacterias. No obstante, algunas personas prefieren otras opciones naturales o caseras  bajo la falsa creencia de que les salvarán de una posible intoxicación.

Aceite de coco

Hace tiempo que el aceite de coco ha aparecido en redes y perfiles de varios influencers de vida sana como un colutorio bactericida que protege dientes y encías. El método, conocido como oil pulling y originario de la India, consiste en hacer enguajes de entre 15 y 30 minutos al día con aceite de coco derretido. Según sus supuestos beneficios, esta rutina de lavado blanquea la dentadura, elimina el sarro e incluso puede reforzar el sistema inmunitario y prevenir enfermedades cardiovasculares.

Ahora bien, todas estas promesas se desvanecen cuando se recurre a ensayos clínicos. “Los escasos estudios disponibles que existen sobre el tema sí que han encontrado una reducción de la placa bacteriana en la boca, pero la muestra apenas ha recogido a 182 personas. La calidad de las investigaciones es muy pobre, por lo que hay que ser prudente”, insiste Óscar Castro, presidente del Consejo General de Dentistas. Este doctor en odontología cree que, sin evidencias, sería peligroso abandonar la higiene basada en el flúor por estos enjuagues, ya que se desconoce cómo puede afectar a la boca tras  largos períodos de tiempo.  

Blanqueamiento dental 

Otra opción que se ha puesto de moda es el bicarbonato sódico. De hecho, se ha escrito mucho sobre el efecto blanqueante, casi milagroso, de este producto sobre la dentadura. Con un lavado rápido de esta sustancia disuelta en agua, algunos aseguran que las manchas desaparecen. “A veces se le atribuye este efecto al bicarbonato, otras a la papaya e incluso al carbón, pero no hay nada que vaya a blanquear los dientes de verdad salvo el peróxido de hidrógeno, es decir, agua oxigenada”, asegura a este medio Jacob Farías, dentista en la clínica San Gregorio, en Gran Canaria. 

El bicarbonato, en realidad, más que blanquear es un producto abrasivo que afecta a la dentina, tejido que da color a la dentadura. “Sólo elimina las manchas de vino o café en el esmalte, pero no blanquea nada, es un tratamiento superficial”, recuerda Farías. Además, combinado con elementos ácidos, como el zumo de limón o el vinagre, puede llegar a corroer el esmalte, lo que implicaría un daño irreparable para los dientes. 

Madre e hija se cepillan los dientes juntas / EP
Madre e hija se cepillan los dientes juntas / EP

Peligros del carbón

Como blanqueante alternativo, el carbón activo también ha tenido un gran reclamo como solución natural y sin flúor para el cuidado de una boca saludable y bonita. Esta teoría ha llegado hasta los dentífricos, con varias marcas naturales utilizándolo como recurso de marketing, en las que se explica sus propiedades antibacterianas y de absorción del sarro y la suciedad. 

“La principal acción del carbón activado a nivel dental es producir una abrasión que puede desgastar el esmalte hasta perder una cantidad considerable” explican desde el Consejo General de Dentistas. Esto se suma a que, al desaparecer el esmalte, el color amarillento de la dentina se hace más visible, hecho que acentúa el problema cuando se buscan unos dientes blancos. El presidente del Consejo General de Diestistas afirma que el uso de estas alternativas sin control se debe a un lobby contra el flúor que aprovecha el miedo de la gente y obvia todas las evidencias científicas para lucrarse.  

Otras fórmulas alternativas 

Ahora bien, una de las alternativas al flúor más prometedoras es la combinación de calcio y fosfato en las pastas de dientes, dos compuestos que están presentes en la leche animal. Algunas marcas, como Recaldent, han incluido esta fórmula en muchos de sus dentífricos, ya que estos dos elementos forman parte del esmalte dental y consiguen reparar los daños que pueda sufrir.  

“Los iones de calcio y fosfato son un campo muy prometedor, con resultados increíbles. Ahora bien, no sirven de nada si no llevan un poco de flúor en su fórmula, ya que este es el que se encarga de eliminar bacterias e iniciar el proceso de remineralización del esmalte. Más que una alternativa, de momento, es un muy buen acompañante o complemento”, explican fuentes del sector. 

Cantidad máxima de flúor 

El mayor debate que existe contra el flúor es su uso para niños menores de 6 años. Mientras aprenden a lavarse los dientes pueden tragar pasta fluorada con facilidad, lo que podría conllevar una intoxicación por flúor o fluorosis, una enfermedad que daña y tiñe los dientes de forma perpetua. Pero  si se usan pastas sin flúor o con muy poca cantidad, se corre el riesgo de que no exista protección contra las caries y el resto de bacterias bucales. 

“En el caso de los niños, se recomienda usar pastas de 500 partes por millón (ppm) de flúor, pero es peligroso, ya que esta cantidad es ridícula y no protegería la dentadura”, detalla a Consumidor Global  señala Marta Ribelles, odontopediatra en la clínica Anna Ballester, en Castellón de la Plana. La profesional confiesa que la clave está en la dosis empleada en el cepillado, que está regulada por recomendaciones internacionales. Más que un dentífrico bajo en flúor, lo recomendado es utilizar una pasta normal --que contenga de entre 1.000 y 1.500 ppm de flúor--  pero con una cantidad similar a un grano de arroz hasta los tres 3 años del niño. A partir de ahí, se pasaría al tamaño de una lenteja hasta los 6 años, momento en el que ya los menores pueden controlar por sí mismos la cantidad.

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