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El golpe ecológico de los bitcoins: el brutal impacto de una simple transacción

Detrás del éxito de la moneda virtual se esconde un consumo eléctrico desorbitado que supera al de países enteros

Una de las criptomonedas bitcoins / PIXABAY
Una de las criptomonedas bitcoins / PIXABAY

Nadie ha visto uno, pero hay 18.686.000 en circulación. Los expertos no se ponen de acuerdo a la hora de vaticinar su futuro. ¿Es una burbuja especulativa? ¿Es aire? ¿Es peligroso? ¿Es el oro digital? ¿Conseguirá ser la nueva reserva de valor? No está claro. Lo que sí se sabe es que el bitcoin es una moneda virtual e intangible y que su impacto en el medioambiente es real y se agrava cada día.

Cuando Elon Musk anunció en febrero que Tesla había invertido 1.500 millones de dólares en bitcoins la cotización de la moneda se disparó --en el momento de escribir este artículo es de más de 61.000 dólares la unidad y ya se ha revalorizado más de un 120 % en los primeros meses de 2021--, pero al mismo tiempo se multiplicó el consumo eléctrico y las consiguientes emisiones de gases de efecto invernadero. Y es que detrás de cada transacción de bitcoins hay miles de personas con potentes ordenadores que compiten por resolver un algoritmo y ganar 6,25 unidades de la criptomoneda de nueva emisión. Así lo establece la tecnología blockchain y así sucede cada diez minutos.

El bitcoin contamina más que países enteros

“Los nuevos bitcoins se producen a través de la minería --así se conoce al proceso de extraer esta criptomoneda por analogía con el oro--. Hay personas a lo largo del planeta que se agrupan y crean granjas de extracción. Con un ordenador y un software descifran un algoritmo en competición con el resto de mineros, y el que primero lo resuelve sube el bloque a la red y recibe una comisión en forma de bitcoins”, expone Luz Parrondo, directora del postgrado en blockchain de la Universidad Pompeu Fabra Barcelona School of Management. Además, esta experta añade: “se requiere de grandes servidores que consumen mucha energía y generan mucho calor, por eso los mineros se han concentrado en zonas frías”.

En cifras totales, generar nuevos bitcoins supone un consumo de 120 teravatios-hora (TWh) de electricidad al año, o lo que es lo mismo, más que países como Argentina o Suecia, según un estudio del Cambridge Bitcoin Electricity Consumption Index. Además, el problema es que “la mayoría de mineros están en China, donde gran parte de la energía proviene de la combustión de carbón. Esto provoca que la huella de carbono de una transferencia de bitcoins, es decir, de un minado de esta criptomoneda, sea equivalente a la que generan 966.000 transferencias en Visa”, explica Parrondo. De este modo, según una estimación de Digiconomist, la emisión de dióxido de carbono provocada por la minería de esta moneda virtual es de alrededor de 40 millones de toneladas de CO2, algo más de lo que genera Suiza al año. “Lo que deberían de hacer los gobiernos e instituciones es promover las energías renovables y favorecer la adopción de esta tecnología”, apunta Lluís Mas, CEO de Blockchain Institute & Technology.

Una economía especulativa que genera desigualdades

La tercera cara de esta criptomoneda también es oscura. “No es sólo la energía que consume el bitcoin y la consiguiente emisión de gases de efecto invernadero. Todos esos ordenadores gigantescos, más pronto que tarde, se convertirán en residuos tecnológicos, ¿dónde acabará todo eso?”, expone Ester Jiménez de Cisneros, ambientóloga y técnica de cooperación al desarrollo.

Además, Jiménez de Cisneros asegura que toda esa tecnología punta para minar bitcoins 24 horas al día siete días a la semana requiere de materias primas para su construcción como el coltán --una roca formada por minerales--, que “está relacionado con conflictos armados y trabajo infantil en varios países africanos”.

¿Tiene solución?

Si tenemos en cuenta que se crearán nuevos bitcoins hasta el año 2140, cuando se alcanzará la cifra máxima de 21 millones de unidades establecida por una fórmula matemática, el futuro no invita al optimismo. Sin embargo, “existen otras maneras de minar”, asegura Parrondo.  “El sistema actual de validar las transacciones es muy eficiente, pero muy poco sostenible. Se está intentando implementar un nuevo sistema que se llama proof of stake. De momento está en pruebas y se ha de ver su nivel de eficiencia”, matiza. Este proceso consiste en que individuos anónimos dejan algo a riesgo, una prueba de participación, y el que más arriesga más posibilidades tiene de minar. “No hay resolución de algoritmo y es mucho más sostenible”, sentencia Parrondo.

“La economía especulativa no es un objetivo deseable porque, en este caso, perpetúa la tendencia de que los países ricos son los que más energía consumen. Y al final, los países pobres sufrirán mucho más los efectos del cambio climático porque tienen una menor capacidad de respuesta ante emergencias sanitarias y alertas naturales. El bitcoin genera desigualdad norte-sur”, concluye Jiménez.

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