Cualquiera que use redes sociales sabe lo fácil que es perder la noción del tiempo. Un vídeo lleva a otro, una publicación a la siguiente y, cuando queremos darnos cuenta, llevamos mucho más tiempo del que pensábamos. Es el llamado scroll infinito. Pero ¿por qué resulta tan difícil dejar de mirar? Los algoritmos tienen buena parte de la respuesta pero ahora Meta tendrá que responder por ello.
Esta semana ha comenzado el mayor juicio al que se enfrenta la compañía. Veintinueve estados de Estados Unidos acusan a Meta de haber diseñado deliberadamente Facebook e Instagram para enganchar a los menores. La empresa niega las acusaciones, pero, si prosperan, podría enfrentarse a sanciones que, según la propia Meta, alcanzarían hasta 1,4 billones de dólares.
El caso va más allá. La demanda también acusa a la compañía de recopilar datos de menores de 13 años saltándose la legislación federal sobre privacidad. Y una eventual sentencia podría obligar a Meta a rediseñar sus aplicaciones: desde acabar con el scrolling y las notificaciones constantes hasta imponer controles de edad y límites de tiempo más estrictos.
Pero el verdadero problema no es solo Instagram o Facebook. Es el modelo de negocio. Una plataforma que gana más cuanto más tiempo consigue retener al usuario tiene un incentivo evidente: hacer que no se vaya. Cada minuto adicional puede traducirse en más publicidad, más datos y más ingresos. El problema es especialmente grave cuando ese usuario es un menor, que todavía no tiene la madurez necesaria para identificar cómo están diseñados esos mecanismos.
Durante años hemos asumido que las redes sociales compiten por nuestra atención como si fuera una batalla inocua. No lo es. Si ya existe un debate sobre los límites de estas estrategias cuando hablamos de adultos, la exigencia debería ser mucho mayor cuando hablamos de niños y adolescentes. Por eso este juicio importa.
No se trata únicamente de determinar si Meta manipuló sus plataformas para enganchar a los menores. Se trata de decidir hasta dónde pueden llegar las grandes tecnológicas cuando su negocio depende de captar y conservar nuestra atención. Si Meta no hizo aquello de lo que se le acusa, tendrá que demostrarlo. Pero si lo hizo, no bastará con admitir el error. Habrá que preguntarse si estamos dispuestos a permitir que el negocio de las grandes plataformas consista, precisamente, en conseguir que nunca queramos cerrar la pantalla.
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