Vitaminas y minerales que solo te hacen creer que tu salud mejora

Las personas que se suplementan con vitaminas y minerales obtienen un bonito espejismo: creen gozar de una mejor salud, pero los datos no les dan la razón

Imagen sobre vitaminas creada con inteligencia artificial / CONSUMIDOR GLOBAL
Imagen sobre vitaminas creada con inteligencia artificial / CONSUMIDOR GLOBAL

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Si alguien quisiera vender un seguro contra el paso del tiempo, la mala alimentación, el estrés y el sedentarismo, lo vendería usando personas conocidas, actores e influencers, usaría una música de buen rollo y lo cobraría a precio de oro. Y esto ya se hace, ya existe. Se llama suplemento multivitamínico y multimineral y, para la inmensa mayoría de los consumidores, funciona solo como un amuleto, no como intervención sanitaria. ¿Hay excepciones? Pues sí, y aluden a aquellas personas que tienen diagnosticada una determinada deficiencia –en cuyo caso es suplementar en lo que hace falta y solo en lo que hace falta– y también en personas con determinados riesgos de carencias (por ejemplo, embarazadas). Para el resto, tomar un suplemento, por muy habitual que sea y extendido que esté, es solo una filfa que no mejorará nuestros indicadores de salud y nos hará más pobres. Tengo pruebas.

El estudio que no querías que existiera (o quizá sí y estás muy agradecido a este artículo)

Un estudio publicado en BMJ Open (“Salud autoinformada sin beneficios clínicamente mensurables entre usuarios adultos de suplementos multivitamínicos y multiminerales: un estudio transversal”) analizó una muestra grande y representativa de adultos de EE.UU. (Encuesta Nacional de Salud de 2012, 21.603 personas). Compararon a quienes habían tomado suplementos de varias vitaminas y minerales en los últimos 12 meses con quienes no lo habían hecho. El resultado fue elocuente: los usuarios de suplementos afirmaban tener en un 30% “mejor” estado de salud global… pero cuando se miraba lo que se podía medir, lo clínico, lo que no depende de la fe, no había diferencias en la salud de las personas que tomaban suplementos por el mero hecho de tomarlos. En otras palabras: los consumidores de vitaminillas y mineralillos creían estar y se sentían, subjetivamente, mejor... pero no estaban, objetivamente, mejor.

Qué midieron exactamente (y qué no cambió)

Además del uso o no de los suplementos mencionados, los autores tuvieron en cuenta cinco grandes bloques:

  • La autopercepción de salud.
  • La necesidad de ayuda para actividades de la vida diaria.
  • El historial de 10 enfermedades crónicas.
  • La presencia de 19 “condiciones de salud” o problemas en el último año y
  • Un test de malestar psicológico.

Y el caso es que no hubo diferencias en los cuatro últimos bloques entre quienes tomaban los suplementos y los que no los tomaban. Ambos grupos tenían el mismo “nivel de salud”, solo se encontraron diferencias en el primer apartado: los primeros afirmaban encontrarse mejor.

Entonces, si no sirve… ¿por qué se toman tantos suplementos?

El propio artículo ofrece dos explicaciones plausibles, las dos muy humanas y sinérgicas.

En primer lugar, hay que tener en cuenta que el mercado de suplementos constituye una industria multibillonaria (con “b”), que su comercialización carece de los controles de seguridad y eficacia que se le exigen a los fármacos y que los laboratorios que los producen invierten una cantidad ingente de recursos habida cuenta de lo liberalizado del mercado y de los posibles beneficios en juego.

Y, en segundo lugar, hay que ponerse en la piel de los consumidores. Para empezar, cuando alguien cree que algo le va a ayudar, puede reportar sentirse mejor. En medicina es algo que se ve con frecuencia: las expectativas, los rituales, la coherencia narrativa (“hago algo por mi salud”) favorecen una tendencia a buscar (y encontrar) un resultado. El problema es que ese resultado no se refleja en las variables de salud que midieron. Además, en la encuesta del estudio, los usuarios que tomaban los suplementos tendían a ser algo mayores, con más ingresos, más educación, más probabilidad de estar casados y con seguro médico. En resumen: perfiles que, por múltiples razones, suelen puntuar mejor en salud percibida. Que luego el multivitamínico se atribuya el mérito es casi un clásico del autoengaño. Y tiene narices: resulta que los que más usan suplementos (sin necesitarlos) son los que tienen más recursos económicos y formativos. (Nota: igual habría que darle una vuelta a eso de qué es tener más recursos educativos, porque a la hora de seguir una rutina suplementadora, sin necesitarla, se pone en evidencia que igual carecen de esa superioridad en la formación).

Nos duele la boca (a la ciencia y a mí) de decirlo

Este estudio no sale de la nada. La ciencia lleva años lanzando este mensaje. En su introducción recuerdan algo incómodo: los ensayos clínicos grandes, cuando se hacen bien, no han demostrado beneficios de los multivitamínicos para prevenir enfermedades crónicas en población general. Y si nos vamos a revisiones más amplias, el Instituto de Ciencias de la Salud de EE.UU, a través del departamento de suplementos dietéticos, resume que, en ensayos aleatorizados, el uso de multivitaminas/multiminerales no reduce la mortalidad global ni la cardiovascular ni la debida a cáncer.

Lo que sí hacen, con bastante eficacia, es otra cosa: vaciar bolsillos con una sonrisa. Porque el mercado se alimenta de un deseo legítimo, empaquetándolo en un cómodo formato y envolviéndolo en una publicidad masiva de buen rollo. Tragar una cápsula es más fácil que dormir lo suficiente, comer bien, moverse y gestionar el estrés. Pero más fácil, no significa más efectivo.

Pero, ¿de verdad que no hacen nada?

A veces, sí. Pero siempre y cuando tengamos en cuenta todos los detalles (que suelen desaparecer en la publicidad y en los reels de 15 segundos). Y esos detalles señalan que los suplementos pueden funcionar en situaciones concretas que afectan a un 1% de la población de nuestro contexto. Este porcentaje, el del 1% es mío: no tengo pruebas, pero tampoco dudas. Es más, posiblemente haya sido demasiado generoso (in dubio pro reo, y esas cosas).

Algunos ejemplos clásicos y puntuales en los que sí podría tener sentido una suplementación con vitaminas y minerales, serían:

  • Ácido fólico en embarazo o búsqueda de embarazo.
  • Vitamina B12 en personas veganas estrictas (o con problemas de absorción).
  • Hierro cuando hay ferropenia diagnosticada, en concordancia, primero, con las necesarias indicaciones dietéticas.
  • Vitamina D en casos de déficit confirmado o riesgo alto, según criterio clínico.
  • Y otros casos médicos específicos (malabsorción, ciertas patologías, etc.).

Se trata de seguir una medicina basada en indicación, no en la ilusión.

Los problemas de tomar suplementos cuando no los necesitas

Sin olvidar los problemas de adulteración, que no son infrecuentes (lo conté en este artículo), recordemos que “más” no siempre es “mejor”. Hay nutrientes con “curva en U”. En el argot, esto significa que el déficit es malo, pero el exceso también. El propio artículo recuerda el riesgo de efectos adversos al sobrepasar dosis y la dificultad de saber qué estás tomando exactamente (composición, biodisponibilidad, interacciones, duplicidades).

Por tanto, y si me aceptáis un consejo, si alguien tiene como objetivo el “estar más sano”, un multivitamínico suele ser una inversión de escasa, o más bien nula, rentabilidad. En el mejor de los casos, comprará cierta tranquilidad. En el peor, adquirirá esa tranquilidad, algún efecto secundario y, lo más importante, la tentación de pensar que ya ha hecho algo importante.

La alternativa a los suplementos es menos sexy –hay que reconocerlo– pero más honesta: comida de verdad (y suficiente), actividad física, sueño, cuanto menos alcohol, mejor, no fumar (si toca) y un sistema sanitario que diagnostique deficiencias cuando existen.

Entiendo el atractivo de los suplementos (yo fui fan de Súper Ratón). Solo que, si vamos a gastar tiempo y dinero en salud, mejor hacerlo en algo que devuelva intereses reales.