La casa de mi abuela está repleta de nácar. Hay cuadros hechos con láminas finísimas que forman dibujos, junto con broches y peinetas que mi abuelo Sebastián tallaba a mano. Aquellos broches, moldeados con formas de clavel, guitarras y siluetas flamencas, están destinados a adornar los mantoncillos en la Feria de Abril. También confeccionó abanicos.
Hoy, ninguna de estas piezas acumula polvo. Cada miembro de la familia conserva la suya y la exhibe con orgullo. Mi abuelo nunca fue un artista reconocido, ni falta que le hacía. Era un hombre con buenas manos. Por eso, cuando escribo sobre el nácar, lo hago pensando en él.
Ángel Blay, el último maestro del nácar
El nácar es la capa interna iridiscente que recubre las conchas de determinados moluscos. Su aspecto cambia con la luz porque su estructura está formada por diminutas placas de carbonato cálcico que producen esa característica irisación. Sin embargo, tras esa delicada belleza se esconde una dureza implacable que exige al artesano un trabajo arduo para desgastarlo y pulirlo hasta lograr el acabado deseado.
Nunca supe cuántas horas pasó mi abuelo encorvado sobre aquellas piezas. Heredamos sus obras, pero no el conocimiento preciso de todo el esfuerzo que había detrás de cada una. Para hacerme una idea, contacté con Ángel Blay y entre nosotros surgió un vínculo inmediato.
A sus casi 70 años, y con la artritis castigando sus articulaciones, Ángel es el último artesano que continúa fabricando abanicos de nácar en Europa. Su taller, ubicado en Aldaia (Valencia), se erige como el último reducto de un oficio con siglos de historia.
La dinastía Blay
La maestría de Ángel viene de lejos. La dinastía de los Blay es el tercer eslabón de una estirpe que comenzó a principios del siglo XX con su abuelo Isidoro, que transmitió el oficio a sus cinco hijos. Su padre, Paco Blay —un hombre bohemio que compaginó la artesanía con sus facetas de torero, pintor y promotor de espectáculos—, solía viajar a París para comprar abanicos antiguos que luego restauraba y vendía en España.
Fue en esos viajes donde conoció a los tabletiers de la región de Oise, de quienes aprendió el minucioso arte del varillaje. A su regreso, fundó el primer taller de abanicos de nácar de España.
Los cinco oficios detrás de un abaniquero
En aquel taller, el niño Ángel y su hermano mayor, Paco, convirtieron los restos de nácar en sus juguetes. Como todavía no les permitían encender la maquinaria, uno empujaba la rueda de tracción manual mientras el otro desgastaba las piezas. A los quince años, Ángel anunció que quería dedicarse a hacer abanicos. Su padre aceptó, pero le impuso la condición de aprender todos los oficios que intervienen en la creación de una pieza para no depender jamás de nadie. Tuvo que dominar el varillaje, la precisión del calador, el pulso del grabador, la técnica para entelar y el gusto del pintor.
“Hoy soy, creo, el único que domina los cinco oficios que hay detrás de un abaniquero”, confiesa con la seguridad de quien lleva más de cincuenta años perfeccionando su arte.
Abanicos de Napoleón, Lady Di y Sharon Stone llevan la firma “Blay Villa”
La excelencia del taller Blay ha seducido a la élite mundial. La actriz Sharon Stone lució uno de sus abanicos, y la mismísima Lady Di llegó a sostener entre sus manos una exquisita pieza de nácar rematada con una pintura de la artista valenciana Carmen Monreal. Hoy en día, sus creaciones nutren las colecciones de las casas reales europeas a través de comercios históricos madrileños, así como los catálogos de coleccionistas en Italia y Hong Kong.
Su pericia técnica y su rigor histórico son tan indiscutibles que el propio Museo del Louvre le confió la restauración de tres abanicos que pertenecieron a Napoleón Bonaparte. El encargo revistió tal magnitud que, durante todo el proceso llevado a cabo en el taller de Aldaia, las piezas francesas estuvieron vigiladas por un enviado especial del museo, quien se encargaba de resguardarlas cada noche en la caja fuerte de su hotel al terminar la jornada de trabajo.
Pese a este reconocimiento internacional, el orgullo de Ángel sigue anclado a sus raíces. En cada una de sus obras graba sus dos apellidos, “Blay Villa”, una práctica del todo inusual en la historia tradicional de la abaniquería. Y no lo hace por un afán de protagonismo ni para erigir una marca personal en torno a sí mismo. Explica que el trabajo siempre ha sido compartido con sus hermanos y que la firma representa también esa historia familiar.
Uno de sus abanicos se vendió por 18.000 euros
Un solo abanico de nácar, concebido como una escultura para la mera contemplación, puede exigir hasta dos meses de trabajo ininterrumpido. Durante la elaboración se desecha gran parte del material; apenas el 15% del peso bruto inicial resulta válido para la pieza final. Este nivel de exigencia explica que algunas de estas obras de arte de alta gama superen los 5.000 euros. “Una de mis obras llegó a venderse incluso por 18.000 euros”, agrega el artesano.
Se paga por las horas, por el material, por la técnica y, sobre todo, por la singularidad. De las piezas más especiales se fabrica una sola. Ángel prepara personalmente el diseño y puede pasar días dibujándolo antes de comenzar el trabajo.
Sin relevo generacional
Sin embargo, este legado bicentenario se tambalea en el alambre. Ángel no cuenta con un relevo generacional asegurado; hasta hace muy poco, ni sus hijos ni sus sobrinos habían mostrado la intención de tomar el testigo. Además, el propio artesano duda que alguien tenga tiempo para aprender las entrañas de este oficio.
Tan solo la disciplina del grabado requiere un aprendizaje continuo de cinco años. Los suboficios esenciales como el de entelado se han extinguido casi por completo, arrollados por la irrupción masiva del abanico asiático. “Este oficio tiene que ser vocacional. No puedes obligar a nadie a aprender”, reflexiona.
El capítulo (final)
A esta lenta orfandad de herederos se sumó el golpe de la DANA que devastó a Aldaia, anegando el bajo del taller de los Blay y sepultando bajo el barro las instalaciones del Museo del Palmito (MUPA). La riada infligió un castigo irreparable al patrimonio cultural: 140 abanicos antiguos custodiados en el taller y cerca de 80 piezas históricas de la colección familiar depositadas en el museo quedaron arrasados. Estiman que el local ha perdido unos 40.000 euros.
“Eso es irrecuperable”, afirma. “Algunos abanicos que se han perdido ni siquiera han aparecido ni se han visto; se los llevó el agua”, lamenta el artesano. Hoy, el taller ha recuperado su actividad, pero el museo sigue pendiente de rehabilitación. Pero no es solo lo que se ha perdido, sino lo que podría desaparecer para siempre si nadie toma el relevo.
Ángel Blay todavía se sienta frente a su mesa de trabajo. Aún puede transformar una concha en un abanico, aunque cada vez le cueste más. Lo que no sabe es quién ocupará algún día su lugar. Quizá, cuando se jubile, sus herramientas permanezcan en el taller y sus obras sigan viajando de colección en colección. Quizá alguien admire uno de sus abanicos sin imaginar que detrás de sus varillas hay cinco oficios, medio siglo de aprendizaje y una historia familiar que se remonta a principios del siglo XX.
Lo que resulta más difícil de aceptar es que un oficio capaz de sobrevivir durante generaciones pueda desaparecer en el tiempo que tarda un hombre en jubilarse. No porque falten piezas que admirar, sino porque puede llegar un día en que nadie sepa cómo hacerlas.
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