Qué es la fatiga de las suscripciones y qué dice de nosotros

“Tener opciones nos da libertad, pero más opciones no significan necesariamente más bienestar”, recuerda José Ortiz Gordo, psicólogo experto en Psicología del Deporte

Un hombre agobiado mira su móvil / PEXELS
Un hombre agobiado mira su móvil / PEXELS

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Parafraseando a Luis Aragonés, uno podría afirmar que, en tanto que la lógica del streaming está conquistando cada vez más esferas de la vida, la cosa va de pagar y pagar y pagar, y volver a pagar. El audiovisual es el ejemplo más claro: a finales de 2025, casi dos de cada tres hogares con conexión a internet tenían contratada alguna plataforma para ver series y películas, según los datos del Panel de Hogares de la CNMC del cuarto trimestre de ese año. 

Netflix fue la opción principal, ya que está presente en el 47% de esos hogares. Por su parte, Spotify reina en la música, pero hoy el modelo se ha propagado y hay quien paga suscripciones mensuales para conducir un vehículo (o para poder utilizar determinados ítems dentro del mismo), estrenar ropa cada temporada, usar programas informáticos o incluso acceder a funciones de electrodomésticos conectados. 

Un cúmulo difuso de membresías

Es imposible saber qué habría opinado el Sabio de Hortaleza de este modelo de negocio, pero parece difícil de rebatir que cada vez más personas han aceptado, con una mezcla de comodidad y resignación, un peaje continuo para existir en la sociedad contemporánea. Con todo, este cúmulo difuso de membresías puede desencadenar una silenciosa pero constante fatiga psicológica. 

Una televisión con el logo de Netflix / UNSPLASH
Una televisión con el logo de Netflix / UNSPLASH

Parece una exageración, pero es un tema que ya se ha debatido en determinados foros. Por ejemplo, hace unos meses, un usuario reconoció en Reddit que, al darse de baja de la “mitad de las cosas”, había sentido algo así como “salir de una niebla”. “Ni siquiera me di cuenta de cuánto estaba perdiendo durante unos 5 años. Mi regla ahora: si no lo he abierto en un mes o tengo que inventarme una razón para conservarlo, lo cancelo", decía otro usuario.  

Interpretar el valor, el tiempo o incluso el control

La membresía como modalidad prometía comodidad, pero cada vez tiene más de atadura. Así, que todo exista bajo un régimen de peaje permanente puede alterar de forma sutil la manera en la que una persona interpreta el valor, el tiempo e incluso el control sobre su vida. 

“La fatiga de las suscripciones es real y cada vez va a peor. Cada herramienta quiere 20e al mes y de repente te estás gastando x y ni siquiera te acuerdas de qué hacen la mitad” apuntaba un tercer cliente descontento en Reddit.

Una mujer frente a su ordenador / MAGNIFIC
Una mujer frente a su ordenador / MAGNIFIC

El peso de la carga mental

En el mismo foro, otros usuarios aducen que “la carga mental es alta” dado que “los costes siguen sumando”, a lo que se une el sentimiento de culpa por no cancelar las suscripciones que no se usan. Se crea, sin saber muy bien cómo, un círculo vicioso. En X se pueden encontrar reflexiones parecidas: “Estoy harto de que la vida se haya transformado en pagar suscripciones para todo”, lamentaba un internauta.

José Ortiz Gordo, psicólogo experto en Psicología del Deporte y Psicología Coaching, explica a este medio que el problema no está únicamente en cuánto dinero supone cada suscripción. “Muchas son cantidades pequeñas y precisamente por eso pasan casi inadvertidas. Pero cuando se acumulan también generan pequeñas decisiones pendientes: qué estoy pagando, cuánto uso realmente, si debería cancelarlo, cuándo se renueva…”.

De la comodidad al estrés cotidiano

Una sola membresía, arguye, apenas ocupa espacio mental, mientras que veinte pueden “convertirse en una especie de ‘situación que da pereza plantearnos y nos genera ruido de fondo’. Además, cuando tenemos la sensación de estar perdiendo dinero, ese ruido puede añadir preocupación y estrés cotidiano”.

Una mujer hace ejercicio / MAGNIFIC
Una mujer hace ejercicio / MAGNIFIC

¿Quién no se ha pasado media hora escudriñando el catálogo de alguna plataforma, tratando de encontrar la película o la serie perfecta para ese momento, para terminar después vencido por el sueño? “Tener opciones nos da libertad, pero más opciones no significan necesariamente más bienestar. Cuando tenemos que comparar continuamente qué ver, qué escuchar, qué aplicación utilizar o qué servicio merece la pena mantener, decidir también tiene un coste”, recuerda Ortiz.

Por qué sentimos culpa

En cuanto a la culpa que emerge al no utilizar algo que estamos pagando, este psicólogo considera que “tiene mucho que ver con nuestra dificultad para aceptar una pérdida. No solo pensamos ‘no estoy utilizando el gimnasio’, sino ‘estoy tirando el dinero’. Y aparece además otra trampa: mantener la suscripción para justificar lo que ya hemos gastado”.

Para rizar el rizo, cancelar parece sencillísimo hasta que toca hacerlo. “Si para darse de alta hacen falta dos clics y para darse de baja hay que buscar una opción escondida, recordar una contraseña, llamar o rellenar un formulario, esa pequeña fricción favorece que lo dejemos para mañana”, expone. Algunas leyes ya prohíben estos patrones oscuros (dark patterns), exigiendo a las empresas que cancelar un servicio sea tan fácil e intuitivo como fue darse de alta, pero siempre es así.

Un móvil con distintas aplicaciones / PEXELS
Un móvil con distintas aplicaciones / PEXELS

Cancelar paso a paso

Al respecto, Ortiz recomienda ir paso a paso y dividir las cancelaciones en una acción concreta tras otra: concederse un rato para revisar los cargos recurrentes y cancelar uno. “Reducir la tarea reduce también la resistencia a empezarla”.

Resulta espinoso, asimismo, el objetivo final con el que se asumen ciertos gastos. Casi podríamos argüir que, para algunos consumidores, el marco mental es "me suscribo, luego existo". “Algunas suscripciones no las mantenemos por lo que hacemos, sino por lo que representan. El gimnasio puede representar a la persona activa que queremos ser; una plataforma de formación, a la persona que sigue aprendiendo; determinado software, al profesional que aspiramos a ser. Cancelarlo puede sentirse casi como renunciar a esa versión futura de nosotros mismos”, desvela el experto.

Para qué pagamos realmente 

Por eso, quizá la pregunta correcta que se debería hacer el usuario es si está pagando por algo que hace o por algo que le gustaría hacer.

“Si es lo segundo, cancelar una suscripción no significa necesariamente renunciar a ese objetivo. A veces simplemente significa buscar una manera más realista de acercarnos a él”, propone Ortiz.

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