Jorge Aragone, el gran vidriero de Barcelona: "Es un oficio lento, da poco dinero y no hay relevo"

Visitamos este taller centenario del Raval para hablar con su dueño, un artesano que ha restaurado las cúpulas de edificios tan emblemáticos como la Casa Batlló y el Hospital de Sant Pau

Jorge Aragone, vidriero, en su taller de Barcelona / SIMÓN SÁNCHEZ
Jorge Aragone, vidriero, en su taller de Barcelona / SIMÓN SÁNCHEZ

Jorge Aragone ha restaurado las vidrieras de los edificios modernistas más emblemáticos de Barcelona y ha arreglado las ventanas de prostíbulos clandestinos. Él ha ideado y creado los vitrales de las renovadas joyerías Cartier, ha trabajado para Núñez i Navarro y sus obras iluminan los bares más trasnochados del Raval, donde tiene su taller: Vitralls.

“He restaurado las vidrieras de la Casa Batlló y los espejos rotos de las vecinas de la calle Peu de la Creu”, declara Aragone, apoyado en su mesa de trabajo, junto a decenas de herramientas, cartulinas con bocetos y vidrios esculpidos por el paso del tiempo con los que ensambla sus vitrales. Hablamos con él de la gran belleza de su oficio, un oficio milenario que ya nadie quiere ejercer, y de su huella imborrable en la ciudad.

--¿Qué le trajo a Barcelona?

--Empecé a trabajar en el taller de un amigo en Argentina, luego fuimos a Costa Rica con la que era mi mujer, y más tarde decidimos instalarnos en Barcelona porque mucha gente de Rosario estaba aquí. La gente de mi ciudad venía a Barcelona y los de Buenos Aires iban a Madrid. 

--¿Recuerda los primeros trabajos que le encargaron al llegar a Barcelona en los años ochenta? 

--Un arquitecto argentino me encargó unas vidrieras para la casa de un modisto en el paseo de Gràcia. Fue muy interesante porque al tío se le ocurrió cerrar un balcón interior con vidrieras y poner una bañera ahí dentro. Hicimos una glicina en violeta y quedó muy bonito. También me encargaron el rótulo para un restorán del barrio de la Bonanova, que era una trattoria italiana llamada ‘Los inmortales’.

--Y luego le llamaron para restaurar las vidrieras de la Casa Batlló.

--Cuando entré a restaurar los grandes edificios catalogados de Barcelona ya llevaba años de oficio. Además, por aquella época trabajaba en sociedad con un catalán. Este taller tiene más de cien años dedicados al vidrio, y yo estaba asociado con este hombre, que era de la tercera generación de Vitralls. Y aquí nos encargaban las restauraciones. Luego he seguido solo.

Jorge Aragonés trabaja en su taller, Vitralls / SIMÓN SÁNCHEZ
Jorge Aragone trabaja en su taller, Vitralls / SIMÓN SÁNCHEZ

--¿Cuál es su última gran obra?

--La última gran restauración que hice fue hace un par de años en el castillo de Domènech i Montaner en Canet de Mar. El castillo era de la familia del arquitecto y tiene muchas vidrieras. Pero la obra de la que me siento más orgulloso es, paradójicamente, la más grande. Es un techo de un patio de luz del Hotel Gran Ronda, aquí en la ronda de Sant Antoni, al lado de la Moritz. Hice una cúpula de más de cincuenta metros cuadrados. Aunque a mí, personalmente, no me gustan mucho mis trabajos.

Vitrales de Jorge Aragonés / SIMÓN SÁNCHEZ
Vitrales de Jorge Aragone / SIMÓN SÁNCHEZ

--¿Por qué?

--Porque me desprendo una vez está acabado. Me voy pasando para ver que estén bien, especialmente los techos, para estar tranquilo, pero no es que me enamoren mis trabajos. 

--Sus trabajos transmiten emociones…

--Tienen que ver con un traspaso de emociones más que con una cuestión estética y los cánones de belleza, que son muy relativos. Mi trabajo consiste en interpretar, porque el cliente vivirá con mi trabajo y el objetivo es que le haga un poco más feliz.

--¿Cómo lo consigue?

--En un mundo con tantas pantallas, intento airear mis obras. El aire y el detalle son la base de la historia, y ayudan a convivir con la obra. Es el sino de estos tiempos.

--Según he podido ver, también se inspira en cuadros… en la coctelería Absenta del Raval…

--En la coctelería Absenta del Raval hice un trabajo pequeño, pero es de los que más me gustan. Es una vidriera que hice a partir del primer cuadro de Richard Lindner, un pintor pop de los sesenta. Su madre tenía un taller de modistas donde hacían corsés, y su primer cuadro es un corsé. En la coctelería queda muy bonito. 

--De una coctelería a restaurar las vidrieras del Hospital de Sant Pau. Debió de ser un momento culminante en su carrera, ¿no?

--En el Hospital de Sant Pau rearmé por completo el gran reloj de la torre, que es una vidriera. Después restauré in situ una cúpula que hay entrando por la puerta principal, encima de la escalera, y algunos ventanales. Pasé un par de meses allí.

--¿Cuánto tiempo le suele llevar hacer una obra o una restauración y qué coste tienen? 

--Los costes son muy relativos a cada obra, y, en cuanto al tiempo, trabajo con un tiempo de realización medieval. Hace mucho que ya no cuento las horas porque sería para amargarse. Muchas veces, estos trabajos llevan más tiempo de proyecto y de trato con el cliente. Después, la realización también es muy lenta, pero lo complicado es pensar el proyecto. 

Jorge Aragonés trabajando / SIMÓN SÁNCHEZ
Jorge Aragone trabajando / SIMÓN SÁNCHEZ

--¿Con qué proyecto de restauración de las joyas modernistas de Barcelona se quedaría?

--Una de las que más me ha gustado es la de la Casa Lleó i Morera, en el paseo de Gràcia, que ahora la está arreglando la gente de otro taller. Todos los pisos tienen tres paredes completas de vidrieras, cada una diferente, con un tema diferente. Para mí Domènech i Montaner come a parte. Es fascinante.

--¿Qué le diferencia de otros genios del modernismo catalán?

--El nivel de creatividad con las vidrieras. Él trabajaba mucho con el que posiblemente haya sido el mejor vidriero de Barcelona, que era Rigalt. En esa época trabajaban juntos el empresario y el artista. La empresa Rigalt y Granell hizo muchísimo trabajo de vidrieras en Barcelona, especialmente en el Ensanche.

--¿Quiénes son sus nuevos clientes?

--La gente me conoce y pasa por aquí. Y también hay mucho extranjero que vive a caballo entre Barcelona y París, Ámsterdam, Milán, Londres… Con ese tipo de cliente trabajo mucho. Creo que es una cuestión de poder adquisitivo. 

--Clientes adinerados.

--Intento que no sea así. Intento adaptarme a cualquier tipo de cliente. Me enorgullece haber trabajado en casas de gente con muy pocos recursos. Yo estoy aquí en el Raval, y muchas vecinas del Raval me piden rehacer espejos, me piden cambiar el vidrio de la ventana. El Raval es mi lugar en el mundo.

--Dicen que se ha degradado mucho... ¿Cómo lo ve usted? 

--En este barrio siempre ha habido robos, drogas, putas… Este es el Barrio Chino de Barcelona. Es verdad que, cuando llegué, en los años ochenta, se vivía un poco mejor. Te movías más cómodo. Inseguridad siempre ha habido, pero la inseguridad es relativa. 

--¿Qué es lo que más le gusta del barrio?

--Que cada uno somos hijo de una madre diferente. O sea, yo voy cada tanto a Buenos Aires a ver a mi familia, y a la semana ya los empiezo a ver a los argentinos todos iguales, todos uniformados, y extraño un poco el estilo variopinto del Raval. Hay otros barrios de Barcelona que también son muy bonitos, pero el Raval tiene algo diferencial que tiene que ver con esto de la ebullición, de estar vivo. Es cambiante. 

--Si tuviera que crear una vidriera que representase la ciudad de Barcelona, ¿cómo la haría?

--La línea de Barcelona es la de una señora ancha, con curvas, esa es Barcelona.

--Estamos en 2026. Dentro de veinte años, ¿quién se encargará de restaurar las vidrieras más bellas? 

--Hay varios problemas. El vidrio de color que nosotros utilizamos es un vidrio bastante contaminante en su fabricación, por lo que hacen falta muchos filtros y cada vez quedan menos fábricas y proveedores, porque no les debe ser rentable. Y por otro lado, claramente, a los chavales de hoy les interesan otros oficios. 

--Entonces, ¿no hay relevo generacional?

--Yo no me imagino a los chicos yendo por este camino, sino por otros derroteros. El oficio de vidriero es un camino muy lento, no deja mucho dinero y no veo qué aliciente puede tener salvo un enamoramiento con el trabajo, que es muy raro que se dé en estos tiempos que corren. No veo el futuro con muchas vidrieras más que con las existentes y la restauración de las mismas. Me imagino talleres que se quedarán solamente restaurando.

--¿Ya no se hacen vidrieras como las de antes? 

--Yo intento hacer proyectos vinculados con la arquitectura contemporánea. Es un desafío. Una vez, un amigo me encargó los vitrales para su casa, pero el arquitecto con el que trabajaba le dijo que no, que las vidrieras no tenían nada que ver con la línea de la casa, que era más bien racionalista. Entonces, como mi amigo se empecinó, el arquitecto me dijo: ‘Bueno, mira, si tú te animas a hacer una vidriera elegante y solamente con líneas rectas, para que no rompa con el concepto general, pues adelante’. Y fue un éxito. La vidriera es un lenguaje como cualquier otro, puede encajar en cualquier edificio.

--¿Las vidrieras contemporáneas siguen contando historias? 

--Uno de mis últimos trabajos importantes en Barcelona tiene que ver con una historia, con un relato. Hablo de las puertas de la tienda Cartier en paseo de Gràcia. Trabajé a partir de un diseño de un brazalete de los años treinta de Cartier y lo hermané con un detalle de una vidriera de Domènech i Montaner, justamente de la Casa Lleó i Morera que había restaurado. Generó una imagen bastante interesante que, por suerte, también les gustó a ellos, y me han pagado. 

--A raíz de hacer estas grandes obras habrá subido usted su caché, ¿no? ¿Cómo vive uno de los últimos grandes maestros vidrieros?

--Ahora de viejo un poquito mejor, pero hemos tenido épocas con mi mujer que tenía que vender los restos de plomo para ir al supermercado. Lo que pasa es que yo vengo de un país donde la crisis es moneda constante. Entonces, de alguna manera, es un mar en el que sé nadar. Me acuerdo de la crisis de 2008. Ahí no teníamos ni para comprar materiales. Empecé a reciclar materiales y apareció un camino nuevo a partir de trozos que guardaba con una especie de síndrome de Diógenes, a partir de todas las piezas de vidrio rotas de restauraciones pasadas. Todavía conservo piezas de cuando abrió el taller hace más de un siglo.

--¿Qué es lo que más destacaría de su día a día en el taller, después de medio siglo de oficio?

--A mí me aporta el sentir que tengo una misión. Es mi trabajo desde hace más de cincuenta años y no concibo otra cosa que venir al taller. No podría vivir sin el taller.

--¿Ha pensado en la jubilación?

--La verdad es que no. Obviamente, me subo menos al andamio, pero tengo un equipo para realizar los trabajos más complejos. 

--Jorge Aragone, el último gran vidriero de Barcelona, gracias. 

--Solo quedan dos talleres antiguos de vidrio. Los demás se han ido jubilando o muriendo y yo sigo aquí. Me he hecho viejo haciendo esto.