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Diabetes del adulto, diabetes tipo dos y prediabetes: historia breve de una misma enfermedad

La historia de la diabetes es también la historia de cómo la medicina progresa a medida que cambia el conocimiento de esta enfermedad. Ahora, una vez más, parece que estamos ante un nuevo cambio en la nomenclatura alrededor de la diabetes

Juan Revenga

Diabetes del adulto, diabetes tipo 2 y prediabetes: historia breve de una misma enfermedad

En mis primeros años de estudiante solo se hablaba de una diabetes “juvenil” y otra “del adulto”. Era algo común tanto en el lenguaje académico como en el popular. La primera se asociaba a niños y adolescentes y tenía un claro origen genético, mientras que la segunda se vinculaba con personas de mediana edad o mayores, muy en relación con unos hábitos de vida inadecuados. Aquella forma de clasificarlas era intuitiva, al tiempo que simplista: servía para orientarse, sin comprender del todo qué estaba pasando.

A pesar de que en la década de los años cincuenta, algunos autores ya propusieron una primera clasificación de la diabetes en forma de “tipo 1” y “tipo 2” tuvieron que pasar muchos años antes de que se implantara. De hecho, no fue hasta 1965 cuando un Comité de Expertos en Diabetes Mellitus publicó el primer informe de la Organización Mundial de la Salud (OMS) sobre la clasificación de la diabetes, y no tenía nada que ver con los tipos.

Con el tiempo, la edad empezó a quedarse pequeña como criterio. Había adultos con la llamada diabetes “juvenil” y, poco a poco, comenzaron a detectarse también casos de la llamada diabetes “del adulto” en niños y adolescentes. La realidad clínica, como suele ocurrir, sobrepasó el alcance de las etiquetas. Ya a finales de los noventa la literatura advertía de que la diabetes del adulto “ya no era exclusivamente una enfermedad del adulto”, y en años posteriores se consolidó la idea de que tampoco toda diabetes de aparición adulta era necesariamente “del adulto”.

El primer gran giro oficial: de la edad al uso (o no uso) de insulina

A finales del siglo XX llegó el primer gran cambio serio de nomenclatura. En 1979, el National Diabetes Data Group (NDDG) propuso una nueva clasificación que ordenaba la enfermedad con otro criterio: ya no tanto la edad de aparición como la necesidad de tratamiento con insulina. A partir de ahí se popularizaron las categorías insulinodependiente y no insulinodependiente. La lógica clínica era evidente, pero no perfecta: se describía cómo se trataba al paciente (con o sin insulina) pero no necesariamente su tipo de enfermedad.

La OMS se sumó a esta lógica diagnóstica en 1980 y, en su revisión de 1985, mantuvo este criterio. Pero el verdadero problema seguía ahí: tampoco la necesidad de insulina definía con precisión la naturaleza de la diabetes. Había personas con lo que entonces se llamaba no-insulinodependientes que acababan necesitando insulina, y había otras cuya clasificación inicial inducía a error. El nombre volvía a quedarse corto.

El segundo giro: del cómo tratarla a su origen

El gran avance llegó en 1997 cuando un comité de expertos de la American Diabetes Association (ADA) replanteó la clasificación y apostó por la etiología. La idea era sencilla: dejar de nombrar la enfermedad por la edad del paciente o por el tratamiento que recibe, y empezar a nombrarla por su mecanismo principal. Así se consolidaron, entonces, las expresiones diabetes tipo 1 y diabetes tipo 2. Poco después, la OMS respaldó también ese cambio de rumbo. En 1999, además, recomendó que dejaran de usarse los términos “insulinodependiente” y “no-insulinodependiente”. En 2003, la ADA fue todavía más explícita: esas expresiones deberían quedar eliminadas.

No se trataba solo una cuestión de elegancia terminológica. Hablar de tipo 1 y tipo 2 permitía escapar de dos trampas muy extendidas. La primera, creer que la diabetes tipo 1 era cosa de niños. La segunda, pensar que la tipo 2 pertenecía por definición al mundo adulto. Hoy sabemos que la tipo 1 puede debutar en la edad adulta y que la tipo 2 aparece también en adolescentes e incluso en niños. En ese contexto, “diabetes del adulto” dejó de ser una denominación útil y pasó a ser, sencillamente, una mala explicación.

Tercer hito: nacimiento del término “prediabetes”

Mientras, otra palabra iba ganando terreno: prediabetes. La medicina necesitaba nombrar a quienes no tenían aún diabetes, pero tampoco presentaban valores normales de glucosa. Ese territorio intermedio se fue acotando con distintas categorías, como la glucemia basal alterada y la intolerancia a la glucosa. El NDDG ya había definido en 1979 una franja de alto riesgo mediante la intolerancia a la glucosa, y la ADA introdujo en 1997 la glucemia basal alterada como una condición de riesgo. En 2003 rebajó además el punto de corte de glucosa basal para ampliar esa categoría, y en 2010 se asentó también el uso de la hemoglobina glicosilada como una nueva variable indicadora del riesgo de padecer diabetes.

La palabra “prediabetes” triunfó porque sonaba comprensible, sugería alerta y transmitía la idea de que algo estaba empezando a torcerse. Pero desde el principio arrastró un problema: daba a entender que se trataba de una antesala casi natural de la diabetes tipo 2, cuando la realidad no es tan lineal. No todas las personas catalogadas como “prediabéticas” evolucionan a diabetes, ni lo hacen al mismo ritmo, ni comparten el mismo riesgo. Por eso la OMS ha preferido históricamente hablar de hiperglucemia intermedia.

Cuarto hito: adiós prediabetes, hola etapas de la diabetes

El término “prediabetes” incluye perfiles muy distintos: personas que probablemente desarrollarán diabetes tipo 2 en pocos años, otras cuyo riesgo es moderado y otras que quizá nunca crucen ese umbral. Es decir, la etiqueta simplifica demasiado y añade otro matiz delicado: convierte a millones de personas en “casi enfermas” (pero no enfermas) con diversas implicaciones.

Por esta razón en los últimos años, han aparecido propuestas para abandonar la lógica binaria de “normalidad-prediabetes-diabetes” y sustituirla por otra más gradual. La idea no es completamente nueva: en realidad, responde a un hecho bastante elemental, que el riesgo metabólico no funciona como un interruptor sino como un regulador. No hay una frontera biológica nítida donde un día uno “no tiene nada” y al siguiente “entra en prediabetes”. Lo que hay es un continuo.

En 2024, la International Diabetes Federation publicó un protocolo para detectar antes la disglucemia y el riesgo de diabetes tipo 2. A partir de ese marco, diversos autores han propuesto un sistema de estadios o etapas que identifique con más precisión dónde se encuentra cada persona en la evolución hacia la diabetes tipo 2. En 2025 se publicó una evaluación de ese esquema, y en 2026 un comentario en The Lancet Diabetes & Endocrinology lanzó un mensaje inequívoco ya desde el título: ha llegado el momento de empezar a hablar de “estadificación” de la prediabetes y la diabetes tipo 2.

Ahora bien, conviene no exagerar la novedad. La terminología de la “prediabetes” no ha desaparecido, al menos no de manera oficial. La ADA sigue utilizando el término en sus Standards of Care de 2026, y de hecho una de las revisiones de este año amplía la recomendación de monitorizar la progresión de la prediabetes. Es decir, el debate está abierto y aunque el cambio terminológico no se ha consumado existe una probabilidad importante de que ocurra.