De antro de mala muerte a bar de tapeo con 4,9 estrellas, la historia de Pinga Boteca
Este diminuto restaurante junto a la calle Mandri de Barcelona ha conquistado a los vecinos con el sabor de sus platillos, la simpatía de sus dueños y un precio asequible
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En el último año, la pudiente calle Mandri de Barcelona ha visto cómo El Palique bajaba la persiana, mientras el Bar Gañán y Casa Mandri abrían sus puertas con una gran acogida por parte de la gente de la zona alta.
Pero la novedad más notoria del barrio de La Bonanova, la pequeña gran revolución gastronómica de Mandri, ha sido la llegada de Helena Furtado y Adriano Serff, que han transformado el antiguo bar El Carrusel (antro donde los hubiere, en el buen sentido de la palabra) en un cuidado restaurante de visita obligada.
La historia de Pinga Boteco
Como casi todas las historias que merecen la pena, la de Pinga Boteco surgió en un bar de Brasil, entre cañas, con la pregunta: “¿Y si montamos un boteco en Barcelona?”.
Ese ‘y si’ se hizo realidad en mayo de 2025, cuando los dos enamorados (Helena y Adriano) inauguraron su boteco -en Brasil, los botecos son bares pequeños donde tomar una pinga, un trago de cachaça o cualquier bebida alcohólica, y picar algo rápido- en el número 38 de la calle Emancipació.
Un bar de tapeo 5 estrellas
En apenas un año de vida, Pinga Boteco se ha ganado el cariño de los vecinos y cientos de comensales foráneos. Lo primero se deduce al ver el trato de los clientes con Adriano, el jefe de sala, el que organiza y sugiere las deliciosas tapas que cocina Helena, la jefa de cocina, concursante de MasterChef Brasil 2021.
Lo segundo lo confirman las reseñas de Google, donde Pinga Boteco cuenta con 4,9 estrellas. No es para menos. En realidad, deberían de ser 5.
Qué pedir
Si estás a tiempo, cuando reserves pide ‘el banco encanto’, el que está junto a la puerta que da acceso al interior del minúsculo local. Y la ensaladilla rusa de boniato (7,50 euros). Y un pastelito frito de queso (5,50 euros). Y el bocadillo de pastrami con queso y miel (12 euros).

“¿Podemos repetir el pastelito de queso? Si hace falta, nos lo comemos de pie”, pregunta un chico, que no tenía reserva, justo antes de ceder su mesa a unos clientes más previsores. En la mesa vecina, los comensales se roban la comida los unos a los otros y piden perdón.
Como en casa
Lo mejor es dejarse aconsejar por Adriano y probar todo lo que puedas. Porque cada plato, cada receta, está hecho con un cariño y savoir-faire que resulta un auténtico deleite para el paladar.
Pinga Boteco es uno de esos sitios en los que acabas llamando al camarero por su nombre (Adriano). Una de esas casas de comidas en las que te sientes como en casa y te gustaría entrar a felicitar a la cocinera -aunque quizás no lo hagas, por timidez-. Uno de esos restaurantes de los que sales con varios platos apuntados en el Notas del móvil pendientes de disfrutar.
P. D. Este septiembre abren el segundo Pinga en Barcelona.
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