Pagar hasta 300 euros por pasar una noche en una burbuja

Los hoteles experiencia están en auge y dormir bajo las estrellas se ha convertido en una misión casi imposible a pesar de su alto precio

Una pareja mira las estrellas antes de meterse en una burbuja / PIXABAY
Una pareja mira las estrellas antes de meterse en una burbuja / PIXABAY

En un lugar de la Mancha, entre inmensas llanuras delimitadas por molinos, desde hace un par de años se erigen cinco burbujas transparentes. Parecen naves espaciales aterrizadas en medio de ninguna parte. En su interior, un telescopio Celestron Astro, una cama de matrimonio y una pareja. Es el Hotel Zielo las Beatas, uno de los pocos establecimientos que permiten dormir bajo las estrellas en España.

Los hoteles burbuja son tendencia y uno de los regalos estrella del momento, marcado por las restricciones a la movilidad y por la búsqueda del distanciamiento social y del contacto con la naturaleza. Tanto es así que la demanda de estas habitaciones con forma de iglú --que van de los 15 a los 40 metros cuadrados y se encuentran repartidas por la península-- está desbordada. Y eso que pasar una noche a cielo abierto no resulta precisamente económico.

Las ocho burbujas de Miluna Rooms en Toledo / MILUNA ROOMS
Las ocho burbujas de Miluna Rooms en Toledo / MILUNA ROOMS

Un precio demasiado exclusivo

Dormir bajo las estrellas en una burbuja de plástico climatizada cuesta entre 225 y 350 euros la noche. Un precio elevado que para muchos clientes está justificado, pero que para otros “resulta muy caro para lo que es y ante la falta de comodidades”, según apuntan varios usuarios de Mil Estrelles (Girona), donde la noche se paga a 290 euros e incluye cena y desayuno. Algunas bubbles cuentan con jacuzzi exterior y otros lujos, pero también las hay sin agua corriente y baños secos.

Las burbujas de Zielo las Beatas (Ciudad Real) cuestan 315 euros entre semana y 350 euros el fin de semana --sólo con desayuno incluido--, un precio muy similar al de Miluna Rooms (Toledo) y al del Hotel Aire las Bárdenas, ubicado en un paraje semidesértico cercano a Tudela. Aunque los precios son prohibitivos para la mayoría de los bolsillos, reservar uno de estos iglús es un ejercicio sólo al alcance de los más previsores y pacientes.

En busca de la reserva imposible

Durante el último año “no nos ha ido mal porque se ha potenciado el viaje nacional y la gente busca más que nunca el contacto con la naturaleza”, exponen a Consumidor Global desde Miluna Rooms. “En las últimas semanas hemos recibido infinidad de llamadas”, añaden. De hecho, no tienen ninguna de sus ocho burbujas disponibles en un fin de semana hasta octubre, algo que también sucede en Mil Estrelles.

Hacer una reserva para un viernes o un sábado en Albarari (A Coruña y Sanxenxo), Aire de Bárdenas o Trasfontao (Pontevedra) es misión imposible hasta finales de junio. “En enero de este año abrimos Zielo de Levante en Castellón con cinco burbujas”, explica Majín Blanco, de Zielo las Beatas, quien añade que “pese al cierre perimetral, la gente de la Comunidad Valenciana ha llenado y ya estamos haciendo tres más”.

Una de las burbujas de Miluna Rooms en Toledo / J. MARTÍNEZ MORAN
Una de las burbujas de Miluna Rooms en Toledo / J. MARTÍNEZ MORAN

Un público enamorado y adinerado

Los principales clientes del astroturismo suelen ser parejas que celebran una noche romántica, familias que van de cumpleaños y amantes de la naturaleza, coinciden los propietarios de las burbujas a la hora de describir al tipo de usuario que buscan este tipo de servicios, cuya edad media sitúan entre los 35 y 40 años.

“Muchas veces uno lleva al otro engañado para sorprenderle y disfrutar de la experiencia”, explica Blanco. Citas románticas que los hosteleros aprovechan para colar cenas, masajes y todo tipo de extras con precios bastante elevados. “El precio de las consumiciones es abusivo”, se queja un usuario de Mil Estrelles.

Una de las burbujas de Miluna con el jacuzzi exterior / J. MARTÍNEZ MORAN
Una de las burbujas de Miluna con el jacuzzi exterior / J. MARTÍNEZ MORAN

Luces y ruidos

Alejados de las urbes, en este tipo de alojamientos suele reinar la paz, la nula contaminación lumínica y el rumor del viento. Sin embargo, algunos clientes se quejan de falta de intimidad. “Se escucha todo lo que dicen los vecinos…”, protesta una usuaria. “El techo y las paredes de la burbuja son de plástico. Las parcelas tienen 250 metros cuadrados --alrededor de 15 metros de ancho y 15 metros de largo-- y están valladas con brezo, por lo que las voces se oyen”, reconocen los encargados de varios de estos hoteles. Otro tema a tener en cuenta es la luz que entra por la mañana y no deja dormir a más de uno, por lo que resulta importante enterarse de si ofrecen antifaces o es necesario parar a comprarlos antes de llegar a la bubble.

Como siempre, la mejor opción para asegurarse de que la experiencia sea todo un éxito es preguntar a conocidos y guiarse por las opiniones de otros usuarios. Las burbujas de Miluna Rooms, por ejemplo, cuentan con las mejores críticas de este pequeño sector en auge. Sus huéspedes aseguran haber pasado “noches mágicas” bajo las estrellas y “momentos únicos” en la bañera de hidromasaje exterior bajo la luna.

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