De 40 céntimos a sobrepasar los 80 euros, ¿vale la pena pagar una sal gourmet?

El precio normal de un paquete de sal de un kilo no supera los 50 céntimos en la mayoría de supermercados, un cifra que puede sobrepasar los 80 euros en las versiones 'gourmet' sin aparente justificación

Sal gruesa en escamas / PEXELS
Sal gruesa en escamas / PEXELS

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Cuando se piensa en la sal, casi nadie cae en la infinidad de tipos de sales que existen. La clásica de mesa es la primera que se viene a la mente. También es la más usada.

El precio de un kilo de sal fina, de yodo o la gruesa oscila en la mayoría de los supermercados entre 40 y 90 céntimos. Sin embargo, las opciones más sibaritas, cuestan hasta 88 euros el kilo. Así que la pregunta que cabe hacerse es que diferencia hay entre unas y otras. 

Ninguna función extra

Existen diferentes tipos de sal. Fina, de escamas, gruesa o de yodo son las más conocidas. Pero el precio cambia con la marca. Frente a la sal de mesa clásica que cuesta menos de un euro, hay otras opciones a 88 euros el kilo. Es el caso de Sal de Añana, cuyo sobre de 125 gramos cuesta 11 euros. 

Sal de Añana / AMAZON
Sal de Añana / AMAZON

La sal solo sirve para potenciar el sabor de la comida, sin importar el fabricante que haya detrás o el origen. Aunque un consumo excesivo de este conservante natural no es bueno, en su justa medida, resulta esencial para mantener el equilibrio de líquidos en el cuerpo humano, tal y como explica a Consumidor Global María Aguirre, nutricionista de bluaU de Sanitas. 

¿Cuestión de uso?

Dentro de las sales más comunes, también hay notables diferencias de precios. Por ejemplo, una caja de 125 gramos de sal de escamas de la marca Maldon cuesta 2,90 en Alcampo (23,20 euros/kilo). En cambio, un tarro de 150 gramos de la marca Sal de Ibiza cuesta 5,19 euros en El Corte inglés (34,60 euros/kilo). 

Sal de la marca Maldon / ALCAMPO
Sal de la marca Maldon / ALCAMPO

Aguirre explica a este medio que la diferencia entre una sal final o una gruesa no recae tanto en su composición como en su uso. "La sal de mesa y la sal de yodo son las más comunes en términos de equilibrio de líquidos y función tiroidea. Las sales gruesas y de escamas se utilizan principalmente por sus características culinarias", argumenta. 

Por qué hay tanta diferencia de precio

Las diferencias nutricionales entre sales no son un factor determinante para fijar los precios de este producto. Así lo subraya la nutricionista, quien pone el foco en los procesos de producción, el origen, la presentación, la demanda y el márketing. Un argumento que va en línea con los de Paco Lorente, consultor de márketing. Este experto señala dos aspectos: funcional y emocional. 

Si merece la pena o no pagar más por una sal pija es algo que "depende de los estímulos por los cuales está motivada la compra del producto", según declara el experto a este medio. "Si buscamos una sal de uso diario para cocinar en casa, nos decantamos por un producto funcional. También puedo comprar una sal con un color especial o que viene de un sitio concreto por la emoción que me aporta", explica. 

Pequeños lujos para los consumidores

Básicamente comprar una sal que cuesta 5 o 10 euros el kilo, en muchas ocasiones, no tiene otro objetivo que la satisfacción personal. Queda muy bonito sobre la mesa, un tarro con una sal que tenga pétalos o que sea de un color o forma peculiar. "Muchos productos cotidianos se están gourmetizando. Actúan como pequeños caprichos que se dan los consumidores en su día a día", sostiene Lorente. 

Una mujer añade sal a un plato / PEXELS
Una mujer añade sal a un plato / PEXELS

Visto desde un punto de vista racional parece absurdo gastarse tanto dinero en la sal. Pero no ocurre lo mismo cuando el consumidor se adentra en el supermercado. "Cuando nos enfrentamos a una decisión de compra en un lineal de un supermercado, muchas veces  actuamos bajo estímulos emocionales", apunta el consultor de marketing. 

¿Lo caro siempre es más bueno?

La brecha de precios es fundamental para hacerle creer al consumidor que está ante un producto más bueno. "Tiene que haber un gap lo suficientemente amplio para que el cliente conecte y piense 'si vale cinco euros, es buena sí o sí'", añade Lorente. 

Ahora bien, una vez que el cliente prueba el producto es cuando su opinión puede cambiar y puede quedar desencantado por su relación calidad-precio. Mientras tanto, los lineales siguen acumulando tantas novedades como productos existen. "Estamos encontrando a un consumidor que tiene hambre de descubrir cosas. La sal es un producto más de tantos que han visto esa oportunidad. Cambiando el envase ya captan la atención del público", concluye el experto en marketing. 

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