¿Qué fue del debate sobre los alimentos transgénicos?
Durante años, los alimentos transgénicos fueron uno de los grandes asuntos de controversia alimentaria. Hoy apenas generan conversación, pese a que continúan presentes en el sistema agroalimentario y sometidos en la UE a estrictos controles de seguridad.
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Hubo un tiempo, no muy lejano, en el que los alimentos transgénicos parecían llamados a ocupar permanentemente titulares, tertulias y discusiones familiares. Se hablaba de “alimentos Frankenstein”, de tomates con genes injertados de vaya-a-saber-usted-qué, de riesgos desconocidos y de multinacionales “jugando a ser dioses”. Hoy, sin embargo, cuesta encontrar estos temas en la conversación cotidiana. A pesar de ello, los transgénicos no han desaparecido, al contrario, están más presentes, pero el debate sobre ellos sí se ha desinflado considerablemente.
¿Dónde se han metido?
Para empezar, conviene aclarar de qué hablamos. Un organismo modificado genéticamente —OMG— es aquel cuyo material genético ha sido alterado mediante técnicas que permiten introducir, eliminar o modificar el material genético de un organismo mediante técnicas de ingeniería genética que no forman parte de los métodos convencionales de cruzamiento y selección. En agricultura, las aplicaciones comerciales más extendidas —aunque no las únicas— han buscado principalmente que determinados cultivos sean resistentes a ciertos insectos, a entornos más áridos (y que necesiten menos agua), que sean tolerantes a determinados herbicidas o que incorporen determinadas características nutricionales. Ejemplos de este último caso serían alimentos con un mayor interés nutricional al incorporar nutrientes que antes apenas tenían (por ejemplo vitaminas), como desarrollos orientados a reducir o eliminar componentes que puedan resultar problemáticos para determinados grupos de población, como el gluten en las personas con enfermedad celiaca.
Cuando a un alimento se le ha modificado el material genético de una u otra forma biotecnológica, hablamos de un alimento modificado genéticamente. Un aceite obtenido de soja transgénica, por ejemplo, entra en esta categoría, aunque el producto final ya no contenga ADN detectable de aquella soja.
Están, pero apenas los vemos
En la Unión Europea existen OMG autorizados para alimentación humana y animal. Nuestra legislación obliga a identificar en el etiquetado los alimentos que contienen, consisten en o se han producido a partir de OMG. Solo se exceptúan presencias accidentales o técnicamente inevitables inferiores al 0,9 %. No obstante, encontrar en un supermercado europeo un alimento destinado directamente al consumidor y etiquetado como «modificado genéticamente» es extraordinariamente infrecuente. Y no es una casualidad.
Durante años, una parte considerable de los consumidores europeos mostró una marcada desconfianza hacia estos productos. Este hecho, desde una perspectiva empresarial, tuvo y tiene un resultado previsible: si incorporar un ingrediente transgénico obligaba a declararlo y esa declaración podía influir en un rechazo del producto y, por tanto, de la caída de las ventas, los fabricantes y distribuidores tenían pocos incentivos comerciales para ponerlos en el mercado.
Pero que no estén en el supermercado, no significa que los OMG hayan desaparecido de nuestro sistema alimentario. De hecho, los OMG son cada vez más relevantes en la alimentación animal. Pero —y esto es importante— la carne, la leche o los huevos procedentes de animales alimentados con piensos transgénicos y destinados a la alimentación humana no tienen que etiquetarse de especial forma por esa circunstancia.
Dicho en corto: los transgénicos no han desaparecido de la cadena alimentaria; tan solo han desaparecido de la vista de los consumidores.
¿Y aquello de que eran peligrosísimos?
Durante los años de mayor polémica —a principios de los 2000— los opositores a este avance agronómico disparaban con escopeta de boca ancha mezclando cuestiones diversas: seguridad alimentaria, medio ambiente, uso de herbicidas, propiedad de las semillas, modelo agrícola, concentración empresarial y dependencia de determinadas compañías. Todas ellas pueden discutirse, pero no son lo mismo.
Si nos limitamos la peligrosidad sobre la salud por comer transgénicos, tras décadas de investigación y consumo, no se ha encontrado evidencia que permita atribuir a los alimentos transgénicos autorizados un riesgo para la salud superior al de sus equivalentes convencionales.
Antes de que un OMG destinado a alimentación pueda autorizarse en la Unión Europea, debe someterse a una evaluación científica de riesgos por parte de la Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria, EFSA. Se estudian, entre otras cuestiones, su caracterización molecular, su composición, su posible toxicidad, alergenicidad, características nutricionales y, cuando corresponde, sus efectos ambientales. La propia legislación europea declara como objetivo someter los OMG, antes de su comercialización, a una evaluación de seguridad de los estándares más elevados posibles. Una vez superados todos los filtros y autorizados, dicho permiso no es indefinido: se concede por un máximo de diez años y debe renovarse.
Esto no significa que «cualquier transgénico sea seguro para todo el mundo». Tal afirmación sería tan absurda como asegurar que cualquier alimento convencional lo es. Significa algo diferente: cada producto debe evaluarse individualmente y los que reciben autorización han superado ese proceso sin que se hayan identificado riesgos para la salud en las condiciones previstas de utilización.
Por su parte, la OMS llega a una conclusión semejante: los alimentos modificados genéticamente que actualmente se comercializan internacionalmente han superado evaluaciones de seguridad y no es probable que supongan riesgos para la salud humana; además, no se han demostrado efectos sobre la salud atribuibles a su consumo en las poblaciones donde han sido aprobados.
Del miedo al aburrimiento
Quizá, por tanto, el debate sobre los transgénicos no terminó con una gran victoria de partidarios o detractores. Simplemente perdió combustible.
En Europa apenas llegaron al consumidor productos en los que pudiera leer claramente «modificado genéticamente»; los OMG siguieron utilizándose de forma mucho menos visible, especialmente en los piensos; pasaron los años sin materializarse las grandes catástrofes sanitarias que algunos habían anunciado; y el interés de ciertos sectores encontró otras víctimas propiciatorias con las que ensañarse.
El futuro ya está aquí
Además, la biotecnología ha seguido avanzando. Los transgénicos dejaron de ocupar la frontera de la innovación y buena parte de la discusión se ha desplazado hacia técnicas mucho más precisas de edición genética, como CRISPR. Estos métodos se han agrupado en Europa bajo la denominación de nuevas técnicas genómicas. De hecho, la UE acaba de aprobar en 2026 un nuevo marco regulatorio específico para algunas de estas técnicas, que comenzará a aplicarse en julio de 2028.
Si a raíz de esta nueva normativa, los genes de lo que comemos vuelve a ser centro de polémica, convendría que esta vez el debate empezara donde debería haber empezado siempre. Sin la necesidad de preguntarnos si algo es bueno o malo simplemente porque se haya obtenido mediante una determinada tecnología, sino qué modificación se ha realizado, para qué se ha hecho, si tiene otras consecuencias más allá de las esperadas y qué nos dicen las pruebas basadas en la ciencia sobre ese producto concreto.
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