¿Es más caro vivir soltero o en pareja? Cuál es el impacto y 'precio' del amor en la calidad de vida
Vivir solo en España es un 86% más caro: el estudio que revela cómo la soltería impacta en el bolsillo y en las relaciones que construimos
En la conversación pública sobre vivienda, salarios y poder adquisitivo hay una realidad que rara vez ocupa titulares: el coste económico de la soltería. No se trata de un debate sentimental, sino de números.
Un reciente análisis elaborado por Raisin pone cifras a lo que muchos ya intuían: vivir solo en España no es solo una elección vital, también es una penalización financiera.

La factura invisible de vivir solo
Según el estudio, el gasto por persona se dispara cuando no hay con quién dividir recibos. En términos comparativos, vivir solo resulta un 86% más caro por cabeza que hacerlo en pareja. Traducido a la economía doméstica: un soltero necesita desembolsar 932 euros más al mes para mantener un nivel de vida equiparable al de alguien que comparte hogar.

La diferencia no responde únicamente al alquiler. La estructura de gastos fijos —electricidad, internet, seguros, equipamiento del hogar— pesa más cuando recae sobre una sola nómina. Incluso la cesta de la compra, aparentemente flexible, se encarece al no poder aprovechar formatos familiares o economías de escala.
El salario que marca la brecha
El informe va más allá del gasto mensual y calcula cuánto debería ingresar un soltero para sostener un equilibrio financiero saludable siguiendo la conocida regla 50/30/20 (50% para necesidades básicas, 30% para ocio y 20% para ahorro). El resultado es contundente: casi 60.000 euros brutos anuales. Una cifra de la que muy pocos españoles están cerca.

Tal y como confirmamos, la cifra contrasta con el salario medio en España, que ronda los 32.000 euros al año. Es decir, mientras cada miembro de una pareja podría mantener ese esquema presupuestario con ingresos cercanos a la media, una persona sola necesitaría prácticamente duplicarlos para lograr la misma estabilidad.

En términos prácticos, compartir vivienda reduce de forma significativa el peso de los gastos estructurales. Mientras un soltero puede destinar más de 2.000 euros mensuales a alquiler y suministros, una pareja afronta un gasto conjunto apenas superior, que dividido entre dos deja un margen mucho más amplio para ahorro o consumo.
Cuando el amor también es economía
Más allá de las cifras puras, el estudio incorpora un componente social revelador: la influencia del dinero en las decisiones afectivas. Un 37% de los españoles reconoce que continúa en su relación actual —o conoce a alguien que lo hace— por razones económicas. El dato, incómodo pero elocuente, apunta a que la estabilidad financiera puede actuar como pegamento en algunas parejas.

Además, un 25% admite que comparte vivienda principalmente para ahorrar. La convivencia, en estos casos, no solo responde a una decisión emocional sino a una estrategia de supervivencia ante el encarecimiento del coste de vida.

Las respuestas también muestran la fragilidad del equilibrio: un 21% considera que su relación cambiaría si mejorara su situación económica y un 11% asegura que, en ese supuesto, pondría fin a la relación. La dependencia financiera, por tanto, no solo influye en el inicio de la convivencia, sino también en su continuidad.
El gran obstáculo: la compra imposible de una vivienda
Si hay un terreno donde la brecha se hace más visible es el inmobiliario. El acceso a la propiedad sigue siendo uno de los grandes retos para quienes viven solos. El alquiler medio de una vivienda de 80 metros cuadrados en España supera los 1.100 euros mensuales, una cifra que absorbe una parte desproporcionada del presupuesto individual.

Para una pareja, el mismo importe se divide. Para un soltero, supone una carga completa. Esta diferencia explica por qué muchos jóvenes —y no tan jóvenes— prolongan la vida en pisos compartidos o retrasan decisiones patrimoniales como la compra de vivienda.
La consecuencia es un círculo difícil de romper: sin capacidad de ahorro suficiente, resulta más complejo reunir la entrada para una hipoteca; sin propiedad, el gasto en alquiler se mantiene alto y limita el margen financiero a largo plazo.
Estrategias para equilibrar la balanza
Ante este panorama, la planificación adquiere un papel central. El estudio subraya la importancia de adoptar herramientas de ahorro que permitan amortiguar la desventaja estructural de vivir solo. Productos como cuentas remuneradas o depósitos a plazo pueden convertirse en aliados para quienes desean mantener independencia sin renunciar a estabilidad.

No obstante, el debate trasciende la gestión individual. La investigación abre una conversación más amplia sobre cómo el diseño de precios, el mercado inmobiliario y la estructura salarial impactan de manera distinta según el tipo de hogar.
Una cuestión generacional
El fenómeno también tiene un componente demográfico. El aumento de hogares unipersonales, impulsado por cambios culturales y retraso en la edad de matrimonio, convive con un contexto de salarios contenidos y vivienda tensionada. La independencia, valorada como símbolo de autonomía, implica hoy un esfuerzo económico significativamente mayor que hace dos décadas.

En este escenario, la soltería no es solo un estado civil: es una categoría económica con implicaciones concretas. Elegir vivir solo puede significar mayor libertad personal, pero también asumir una presión presupuestaria más intensa.
Más allá de los números
El informe de Raisin no pretende cuestionar decisiones vitales, sino evidenciar un desequilibrio estructural. Las cifras muestran que compartir gastos no solo reduce facturas, sino que multiplica la capacidad de ahorro y mejora el margen de maniobra ante imprevistos, con la contrapartida que esto puede suponer a nuestra idea de amor romántico: ¿Nos ata más el presente inminente de tener que afrontar el pago de un alquiler que el propio amor a la pareja? Según este estudio social, rotundamente sí.
En una sociedad donde la estabilidad financiera condiciona proyectos de vida —desde formar una familia hasta emprender o cambiar de ciudad— entender el coste real de vivir solo resulta clave. Porque, al final, la independencia tiene precio. Y, según los datos, no es precisamente bajo.


